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MÚSICA SANTI ECHEVERRÍA

Veteranos de la melancolía

Actualizada Viernes, 18 de abril de 2008 - 04:00 h.

L Levan 30 años en el camino y se han repuesto de todo tipo de situaciones. La supervivencia de un grupo tan longevo sólo puede entenderse desde su gran profesionalidad, su enorme amor por la música y por el cariño que les profesan sus admiradores y seguidores.

De hecho, ha sido la vez, en las visitas a Pamplona de sus últimos cinco años, o mejor desde que el malogrado Enrique Urquijo dejara este mundo, que han logrado colgar el cartel de no hay billetes, lo que da buena muestra de que los suyos no les abandonan. El concierto del Gayarre estuvo marcado por la verdad de la calidad, la elegancia y la sensibilidad de un grupo que se mostró perfecto de forma y conjunción.

Álvaro estableció en varios momentos de la velada la premisa de que el gran valor de Los secretos es su público. "Os debo la vida" comentaba. Eso es cierto. Pero no es menos cierto que el grupo madrileño ha cincelado metro a metro una carrera plagada de canciones por las que no pasa el tiempo. Es el otro gran valor, incalculable y unido a la excelente manera de defenderlo. Unas canciones de ese calibre podrían interpretarse de manera similar y no cansarían. Pero Álvaro, Jesús, Ramón, Juanjo y Santi se encargan de lavarles la cara para que siempre suenen frescas, con arreglos construidos desde la humildad. Asistir a un concierto de Los Secretos es saborear el arte del grupo español -con permiso de Carlos Revólver Goñi- que mejor ha expuesto el country-rock norteamericano y un espíritu de pop-rock hispano que perdura para cantar con la melancolía y la nostalgia por montera. Los Secretos saben hacer bella la tristeza, algo que reconforta en el que escucha. Así que no es que se merezcan el respeto, es que lo tienen.

Fue un gusto observar en el Gayarre las ganas del respetable dispuesto a cantar y hacer palmas aunque predominó su respeto, atento para no intervenir gratuitamente sino en los momentos adecuados. Todo comenzó bien porque en sonido le habían tomado el pulso a la sonorización del Gayarre con las presencias muy ajustadas desde la primera canción, Ojos de gata. Y tras La calle del olvido Álvaro sentó las bases anímicas del reencuentro con Pamplona. "Este concierto está dedicado a todos vosotros, que sois nuestra razón, y a una persona que aunque no podáis ver ni oír está aquí con nosotros. Se llama Enrique".

El in crescendo fue alimentándose con A tu lado, Sin ti y la enorme Voy a beber hasta perder el control, pura demostración de su dominio de los medios tiempos, precisas y preciosas en detalles tanto en los dibujos de las líneas de bajo de Juanjo como en un enorme Ramón cada vez más crecido con el slide en sus manos para hacer que sus guitarras lloraran. El espigado y serio guitarrista nunca se había despeinado tanto en sus visitas a nuestra urbe. La capacidad y conjunción del grupo se iba demostrando tema a tema.

Hubo momentos curiosos como la supuesta toma de la alternativa en la voz principal de Juanjo y Jesús, que protagonizaron sendas canciones. Aunque todos pudieron despacharse en algún momento de la velada es eso de los solos. El mismo Ramón se marcó unos riffs casi heavys tocando la guitarra por detrás de la cabeza. Y es que estaba desatado y casi poseído para lo que acostumbra.

Su conocidísima Déjame cerró el concierto oficial entre bromas y coros del respetable de más que buena factura. Los bises trajeron excelentes versiones de la sentidísima Agárrate a mí María, El Boulevar de los sueños rotos y la chispeante y juvenil Sobre un vidrio mojado que sonó con la misma frescura que en el 78. Amiga mala suerte, que parece una de sus mayores declaraciones de intenciones, destapó sus segundos bises que fueron cerrado en el regocijo popular por una nueva versión de Déjame cantada por el público y con Los secretos a los coros como si fueran un quinteto de swing o doo wop vocal de los años 50.


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