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LA GUERRA MUNDIAL EN EL PACÍFICO (Y II)

Emboscada aérea

Había pasado justo un año desde el bombardeo de Tokio, cuando, el 18 de abril de 1943, el avión que trasladaba al almirante Yamamoto, el jefe de la flota japonesa, fue derribado por cazas estadounidenses en la isla de Bougainville.

Actualizada Viernes, 18 de abril de 2008 - 04:00 h.
  • MIGUEL URABAYEN . PAMPLONA

LA fórmula es antigua, tanto como las guerras. Si el jefe del ejército enemigo está a tiro, lo mejor es matarlo con una flecha o, en épocas más modernas, con un arma de fuego. Esto último es lo que hizo un marinero francés en la batalla de Trafalgar al disparar desde un mástil del Redoutable contra el almirante británico Nelson en el puente de su Victory, situados ambos navíos a muy poca distancia. El gran marino murió tres horas después.

También se puede recordar que durante la Segunda Guerra Mundial, los ingleses montaron una operación de comandos contra el general Rommel, al considerarlo un peligro permanente por su habilidad táctica para dirigir batallas. La incursión en terreno enemigo fracasó pero intentar, lo intentaron.

Durante la contienda mundial, el caso más notable de eliminación de un jefe enemigo ocurrió en el Pacifico el 18 de abril de 1943, hace hoy 65 años. Al descifrar un mensaje de radio japonés, el Cuartel General norteamericano supo que el almirante Yamamoto, jefe de la flota japonesa, iba a visitar las bases ocupadas en las islas Salomón, en el extremo sur de la amplia zona invadida por los nipones. Ese mensaje indicaba la hora exacta de partida de su vuelo desde Rabaul (6 de la mañana) y se sabía que el almirante exigía siempre extrema puntualidad a sus subordinados.

Al aterrizar, Yamamoto iba a estar a solo 600 kilómetros de distancia del aeródromo de Guadalcanal, otra isla de las Salomón ya reconquistada por los Marines. El mensaje era del día 14 y también indicaba que el almirante llegaría a su destino en Bouganville a las 8 de la mañana del 18 de abril. La tentación de intentar abatir el avión de su muy temido enemigo era fuerte y los mandos norteamericanos cedieron a ella con entusiasmo.

Los preparativos

La interceptación fue organizada a toda prisa y al no tener la Marina ningún caza con el radio de acción suficiente, se recurrió al Ejército para utilizar los 18 bimotores de combate P-38 Lightning destacados en el aeródromo de Guadalcanal y mandados por el mayor John W. Mitchell. Con dos depósitos de combustible suplementarios bajo las alas, desprendibles a voluntad, estos grandes y potentes aparatos de doble fuselaje podían volar hasta Bouganville, combatir allí durante 15 minutos y regresar a la base. Su armamento de cuatro ametralladoras pesadas y un cañón de 20 milímetros estaba concentrado en la proa, delante del piloto. Una sola ráfaga de sus proyectiles podía derribar un avión.

El plan era sencillo. Los Lightning volarían a mínima altura sobre el mar para evitar el radar enemigo y aparecerían sobre Bouganville a la misma hora en que el avión de Yamamoto se dispusiera a aterrizar. Para el combate, Mitchell dividió el grupo en dos secciones. Cuatro pilotos atacarían al objetivo y los otros se enfrentarían a los cazas de escolta. Así descrito el plan da impresión de facilidad pero había muchas probabilidades de que fracasara.

Por ejemplo: a pesar de la estricta puntualidad exigida por el almirante su avión podía tener alguna pequeña dificultad mecánica al iniciar el vuelo a las 6 de la mañana, con el consiguiente retraso en la llegada. O bien, la escolta podía estar formada por tantos aviones de combate que hiciera imposible el ataque O, simplemente, el mal tiempo podría hacer inútiles todos los esfuerzos.

Los P-38 despegaron a las 7 y 10 minutos y poco después dos aviones abandonaron la misión por sufrir averías. Los ahora 16 siguieron volando y a las 8 de la mañana, al llegar a Bouganvillle, avistaron a dos bimotores japoneses (sorpresa, esperaban uno) y seis cazas Zero. Volaban a unos 1.500 metros de altura y habían comenzado su descenso hacia el aeródromo. Sin dudar un segundo, los P-38 dejaron caer los tanques de combustible ya vacíos e impulsados por los 2.900 caballos de sus motores, ascendieron velozmente a la altura necesaria para lanzarse sobre los 8 aviones nipones. Una vez en posición, John Mitchell ordenó el ataque a los cuatro pilotos previamente elegidos.

El capitan Lanphier y el teniente Barber dispararon al primero de los bimotores y sus dos compañeros al segundo. Mientras, a más altura, los otros 12 Lightning se enzarzaron en una breve y confusa lucha contra los ágiles Zeros nipones. Bajo los impactos recibidos, los dos grandes aviones fueron derribados y al verlo, Mitchell dio la orden de retirada. Dos horas después, 15 Lightning estaban de regreso en Guadalcanal. Solo habían tenido una baja.

Así pues, el plan funcionó a pesar de la distancia y de que dos o tres minutos de diferencia entre los vuelos nipones y norteamericanos lo hubieran hecho fracasar. Medio siglo después, John Mitchell declaró: "En aquel tiempo pensé que la probabilidad de interceptación a aquella distancia era de una entre mil. Hoy, después de pensarlo durante cincuenta años creo que era de una en un millón". Bien, eso se llama buena suerte, algo que bendice a algunos en las batallas y a los premiados en las loterías.

¿Quién lo derribó?

Pero lo que ocurrió después no tiene nada que ver con el azar sino con la vanidad humana. Porque nada más llegar al aeródromo de Guadalcanal, Thomas Lanphier saltó de su avión y empezó a gritar, muy excitado, diciendo que había derribado al avión de Yamamoto. Su compañero Rex Barber se sorprendió mucho porque estaba seguro de que en el ataque a los dos aviones japoneses Lanphier había sobrepasado al bimotor y él se había situado detrás disparándole varias ráfagas de sus armas. Inmediatamente surgieron llamas del motor derecho y lo había visto estrellarse. La euforia del triunfo conseguido hizo que Mitchell omitiera realizar una reunión oficial con los dos pilotos para aclarar lo ocurrido.

Así, Lanphier siguió contando entre aviadores militares cómo él había acabado con Yamamoto. Y al terminar la guerra en septiembre de 1945, escribió su versión en un artículo para el New York Times que el diario publicó con gusto porque hasta entonces la censura militar había prohibido informar sobre lo ocurrido. (Si hubiesen permitido la publicación, los japoneses habrían podido deducir que su código había sido descifrado). Por su parte, Barber pidió que se aclarara el caso. Inicialmente, la burocracia militar se inclinó por atribuir el derribo a los dos. Después solo a Lanphier.

Sin embargo, hoy día los historiadores y estudiosos de la guerra del Pacífico consideran que fue Barber y no Lanphier quien abatió al almirante Yamamoto. Las opiniones de los expertos se basan ahora en los testimonios de ex pilotos norteamericanos, japoneses y australianos que han visitado los restos del avión del almirante en la selva de Bouganville. Todos comprobaron cómo los impactos vinieron de la posición descrita por Barber y no coincidían con la indicada por Lanphier.

La disputa entre los dos pilotos se resolvió tras casi medio siglo. Pero como dijo Mitchell, el hecho de que ocurriera no empañaba él éxito de la emboscada contra Yamamoto, audaz en el planteamiento y perfecta en su realización. Si no estuviera probada por testigos directos, fotografías, restos de aviones y documentos oficiales podríamos pensar que se trata de una invención. A veces, la realidad es increíble.


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