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La dura factura de la París-Roubaix

Juanjo Oroz, ciclista navarro del Euskaltel, se ha estrenado en las clásicas del norte. El domingo disputó y terminó la París-Roubaix. De madrugada llegó a su casa con tres kilos menos y un palizón de espanto en la carrera más dura de su vida.

Actualizada Martes, 15 de abril de 2008 - 02:31 h.
  • L.GUINEA . PAMPLONA

JUANJO Oroz sentía ayer los brazos tan cansados y doloridos como si se hubiera pasado un día entero cargando y descargando muebles de un camión. Tenía las los dedos tan hinchados como un zaguero después de un partido de Parejas de mil pelotazos. Ayer por la mañana la báscula marcaba 73 kilos, casi tres y medio menos que el domingo antes de correr.

Son las consecuencias de haber terminado el 91º su primera París-Roubaix, la clásica de las clásicas, el infierno de los adoquines. Oroz, de 27 años y profesional desde 2006, desmiga su "Infierno del Norte".

Cagar combustible. ¿Cómo se afronta una París-Roubaix? Lo primero desayunando muy fuerte. El de Oroz del domingo fue de órdago: un platazo de pasta con queso, tortilla y jamón, un par de boles de yogur con cereales, tostadas con mermelada y galletas. En la primera parte de la carrera consumió cuatro pastelitos, otros tantos bollitos, tres barritas de cereales. Eso antes de llegar a los tramos de pavés. En la refriega del adoquín la única forma de alimentarse es a través de geles de glucosa, tomó cinco.

"Comes mucho, más de lo normal pero el desgaste es brutal por la propia dureza de la carrera pero sobre todo por la tensión de los tramos de pavés", explica Oroz. "Y lo peor es beber porque los botellines que llevas en la bici saltan casi en cada tramo de pavés, es difícil hidratarse bien".

El adoquín te machaca. La París-Roubaix es una clásica de 259 kilómetros, de los que 52 transcurren por pavés, caminos rurales cuyo firme está hecho con adoquines irregulares. Euskaltel preparó sus bicicletas poniendo una doble cinta al manillar, tubulares más anchos de lo normal (25 mm) e inflados a seis de presión en lugar de a nueve como suele ser lo habitual. Todo con el único objeto de amortiguar el impacto contra los adoquines.

"Por muy bien preparada la bici y aunque hagas la carrera con tranquilidad, el pavés te va machacando tramo a tramo. En los últimos te duelen tanto los brazos y las manos que ya no sabes ni cómo dirigir la bici, tienes que estar cambiando de posición todo el rato", comentaba ayer el ciclista de Berrioplano. "Hoy tengo los brazos muy cargados, con agujetas, y lo peor es que me cuesta coger y sostener cosas con las manos, tengo los dedos hinchados. tenía miedo con las muñecas, pero me las vendaron y no me duelen tanto".

Cuando Oroz llegó al velódromo de Roubaix se sintió físicamente roto. "Es lo más duro que he corrido en mi vida, cuando llegué a la meta me dolían las costillas, los brazos... es como si tuvieras cosas dentro del cuerpo fuera de sitio, y tardan un poco en volver", dice.

Una carrera de cabeza. La París-Roubaix es la carrera ciclista de condiciones más extremas del planeta. Aunque salgan de Compiegne más de 200 corredores, menos de una decena aspiran realmente a la victoria. Para el resto el reto es llegar al velódromo de Roubaix. Terminar. Y para conseguirlo hay que preparar también la cabeza.

"La gente del equipo que la había corrido me advirtió que era muy dura. Y vas no con miedo, pero sí con mucho respeto porque es una carrera en la que no tienes opciones, y en la que si te caes puedes hipotecar toda la temporada", apuntaba ayer Oroz. "Para mí lo más duro fue llegar al kilómetro 180 y comprobar que te quedan casi otros 90 y con mucho pavés. Tú ves que los belgas y la gente de allí pasa los adoquines rectos, saben por dónde hay que ir. Tú vas de lado a lado, y eso te desgasta mucho. Al final lo único que te repites es: "tengo que terminar, tengo que terminar". Y por eso sigues".

Un maillot para siempre.Oroz llegó al velódromo de Roubaix 16 minutos más tarde que el ganador Tom Boonen. Dejó de pedalear en cuanto pisó la pista. "Cuando llegué tuve sensación de alivio, de satisfacción y haber hecho algo que me llena", decía.

El de Berrioplano no pudo cumplir con la costumbre de la ducha en el velódromo de Roubaix porque perdía el avión en Bruselas. Oroz no es hombre de guardar muchos recuerdos, pero el maillot y el culotte embarrados y el dorsal 217 los guardará para siempre. Una Roubaix es una Roubaix.

A


Comentarios
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  • Ja Ja, que bueno, cagar combustible. Debe ser algo revolucionario. ¿Será por eso, que hoy se han disparado las acciones de Repsol?Grande Juanjo.
  • No entiendo lo que quieres decir JesúsLas Cadenas de Navarra
  • Creo que el bueno de Oroz CARGARA combustible a la hora del desayuno, porque si antes de la carrera debe CAGARLO, va bueno...jesus luri

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