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DANZA FERNANDO PÉREZ OLLO

De tragedia a drama

Actualizada Martes, 15 de abril de 2008 - 04:00 h.

G ARCÍA L orca definió "Bodas de sangre" (1933) como tragedia y cuando dos años después llevó la obra a Barcelona declaró su alegría como si fuera un verdadero estreno: "Ahora la verán por primera vez. Ahora se representa íntegra (...) Las compañías bautizan las obras como dramas. No se atreven a poner "tragedias". Yo afortunadamente, he topado con una actriz inteligente como Margarita Xirgu, que bautiza las obras con el nombre que deben bautizarse".

El asunto del género no es sólo de rotulación. La tragedia encierra un fondo esencialmente fatídico. Si las compañías de teatro imprimían "drama" en lugar de "tragedia", no era cuestión de moda. Sender estimó que en la literatura hispana no existía la tragedia y hace cuarenta años George Steiner sostuvo que este género había muerto en la edad moderna a manos del racionalismo y las ideologías antitrágicas. No es, pues, un problema español. Pero las condiciones telúricas, míticas de vario origen, del campo andaluz, que García Lorca vivió y conoció bien, respondían más -como sintetizó Caro Baroja, ejemplificó Pitt-Rivers en su estudio de Grazalema y analizó Á. Álvarez de Miranda en el caso del poeta granadino- a las del mundo griego que a la evolución urbana posterior.

"Bodas de sangre" responde al patrón griego de la tragedia, es decir a una prelógica ineluctable, la de la sangre y las navajas: "Malditas sean todas y el bribón que las inventó", "Los varones son del viento. Tienen por fuerza que manejar armas", vomita la Madre. "Con este cuchillo / se quedan dos hombres duros / con los labios amarillos", sentencia la Novia. La fuerza de ese fatum requiere las palabras, tan bellas, con que Lorca adelanta y urde la tragedia. Sin tales palabras, queda el mero drama de la boda rural devenida ajuste cruento, cuando la recién casada abandona la bulla y huye a la grupa de su ex novio Leonardo -el único personaje con nombre propio-, invitado a la fiesta. En la obra teatral no hay, sin embargo, brillo de navajas ni lucha, ni cuerpos exangües. El ballet los exige. Gades explicó que "Esa pelea es lo más difícil que yo he hecho en mi vida". Se entiende por la austeridad de la coreografía. El Novio y Leonardo danzan -la novia al fondo- su lucha a sangre recíproca en silencio total, lentamente, sin aspavientos ni excesos gratuitos.

La compañía puso en escena la adaptación seria, severa y ajustada de Mañas-Gades, sin un gesto ni un paso de más, bien ensamblada y espectacular en los conjuntos, eficaz en los pasos a dos y en la fuerza plástica de los solos. Habría que destacar la técnica y expresividad de Cristina Carnero (la Novia), Cristina Villaplana (la Madre) y Joaquín Mulero (el Novio). La disciplina de Gades se advierte incluso en la manera de corresponder todo el conjunto a los aplausos del público.

La segunda parte demostró las mismas calidades verticales, adaptadas a los cantes, con más volumen que rajo, y al juego de los colores, potenciados por una cuidada iluminación. Qué lejos de un tablao convencional queda este Gades. Por fortuna.


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