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ÓPERA FERNANDO PÉREZ OLLO

Descarriada lúcida a media voz

Actualizada Domingo, 13 de abril de 2008 - 04:00 h.

L AS circunstancias físicas de la soprano protagonista determinaron el resultado de la representación. Takova cantó toda la obra a media voz -no mezza voce-, salvo algunos ataques en el registro alto. Debemos lamentarlo, porque dejó asomar sus cualidades vocales, además del dominio del personaje y de sus habilidad escénica. Es más, sólo tal seguridad técnica, que le permitió algunos filados, explica que llegase al final de la obra.

Pero una cosa es que Violetta muera tísica y otra que deba cantar como enferma. Para encarnar a una tuberculosa terminal es preciso estar como un roble. Violetta, según dijo el propio compositor y recordaba Toscanini, exige una donna di prima forza. En el primer acto es una joven rozagante, espléndida, que se gana la vida, y muy bien, con sus alegres encantos. Pero debajo de las vertiginosas coloraturas es imposible no ver el dramatismo ínsito al personaje que aspira a la inocencia recuperada a través del amor. No es, por tanto, una soprano ligera, aunque deba satisfacer las exigencias de ese tipo vocal, porque a las difíciles agilidades y al brío del "Sempre libera degg"io folleggiare di gioia in gioia" -pujante canto al placer y la libertad- que cierra el primer acto hay que añadir en el segundo la intensidad del "Amami, Alfredo", la espiritualización del "Pura siccome un angelo" y el altruismo emocionante del "Dite alla giovine si bella e pura". No es una casquivana o al menos no una descarriada, traviata, convencional. Es plenamente consciente de su situación no sólo física -"Oh, come son mutata!", dice ante el espejo- y deja asomar cierto arrepentimiento. A la coloratura inicial Violetta une la vehemencia y amplitud en la línea de canto que corresponden a la nobleza de carácter.

Todo eso quedó muy limitado. Takova cantó sin fuerza y esa limitación esencial quedó de manifiesto ya en el brindis, pero todavía más en el dúo con Alfredo, el citado "Pura siccome un angelo", en que el tenor la barrió. Aun así, pese a la inanidad tímbrica, el "Addio del passato" de la protagonista en el tercer acto tuvo su punto de emoción y también el deliquio final de los amantes, "Parigi, o cara/o lasceremo, la vita uniti trascorreremo".

Tampoco Alfredo es, como puede parecer, un personaje monolítico, un simplón cautivo de la moza. La conoce bien en sus aspiraciones íntimas, pero es un burgués. Cosías estuvo mejor, sin alcanzar esplendor vocal, en las arias iniciales que en el personaje celoso de acto segundo, que es casi de tenor heroico.

El resto del elenco cumplió -el "Di Provenza il mare, il suol" de Germont exige mucho más vuelo- y cabe destacar a los cantantes locales, así como al grupo de ballet y, sobre todo, al coro, ajustado y preciso. La obra fue, con frecuencia, lenta, sobre todo cuando intervenía la soprano.


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