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DEPORTES

Contador evita los problemas

Kirchen ganó la segunda etapa en la que Arrieta estuvo escapado

Actualizada Miércoles, 9 de abril de 2008 - 04:00 h.
  • B. URRABURU . COLPISA. ERANDIO.

Mientras el luxemburgués Kim Kirchen ganaba al esprint la segunda etapa de la Vuelta al País Vasco, Alberto Contador se sobreponía del susto que se llevó al ver la caída que hubo en el kilómetro final.

No sólo el líder sufrió. Un pelotón desbocado con la meta encima es un grupo incontrolable. Esos percances son una parte del mundo incontrolable que se mueve en torno a la bicicleta. Ante una caída no hay muchas alternativas, salvo la de evitarla de la mejor manera posible.

Alberto Contador, el líder de la Vuelta al País Vasco, si hay algo que conoce bien es como responde su cuerpo en situaciones límites. Ha tenido varias ocasiones vitales para hacerlo en su vida. Ese conocimiento le convirtió de nuevo en protagonista en la segunda etapa de la Vuelta al País Vasco. Fueron apenas dos kilómetros, cuando la etapa estaba llegando a sus últimas consecuencias, muy cerca de Erandio, y salió a por Luis León Sánchez.

El corredor murciano del Caisse d"Epargne, que el primer día de carrera cedió 29 segundos, se movió y Contador no le dejó hacer. Los dos se conocen muy bien. Estuvieron cuatro años juntos con Manuel Saiz. Si Contador se movió fue por dos razones: la primera, que conoce la forma de rodar de Luis León, descartado para la general, y al que no quiso dar la oportunidad de que pudiese recortarle tiempo. La segunda, que se había quedado sin equipo.

También es cierto que en esos momentos, con un pelotón lanzado, quien debe de cuidar su amarillo es el propio líder. Astana trabajó muy bien, manejó una etapa de mera supervivencia. Se sabía que no era un día propicio para que el cedazo de la general sufriese apreturas y no lo fue.

La historia de la etapa quedó reducida a una escapada que desde el kilómetro 9,5 con Arrieta, Landaluze, Horrach y Albasini, que Astana la controló en todo momento, con unas diferencias que rondaron los tres minutos. Cuanto más kilómetros rodaban en solitario, menos posibilidades tenían de ganar: mantenían una diferencia que los fugados, mejor que nadie, sabían que les estaba condenando.


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