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CRÍTICA DE CINE | MIGUEL URABAYEN

Amor, magia y espiritismo

Actualizada Miércoles, 9 de abril de 2008 - 04:00 h.

Se llamaba Erich Weiss y había nacido en Budapest en 1874. A los cuatro años su padre, un rabino judío, y familia emigraron a Estados Unidos donde el futuro mago tuvo una infancia difícil por la pobreza de los suyos. Hacia los quince años, después de distintos trabajos, incluidos algunos en un circo, el joven Erich se aficionó a los espectáculos de magia y pronto los convirtió en su profesión con el nombre artístico de Harry Houdini.

Lo eligió como homenaje al entonces célebre mago francés Jean Eugène Robert-Houdin.

Antes de cumplir los veinte ya era conocido en Estados Unidos porque se había especializado en el difícil espectáculo de escapar de situaciones imposibles. Por más que le pusieran esposas de acero y le ataran con cuerdas o cadenas, él se liberaba en segundos o en minutos. Parecía cosa de magia y una parte del público estaba convencida de que Houdini tenía poderes extrahumanos.

Quienes han estudiado sus escapatorias dicen que en las más difíciles había una considerable parte de riesgo y otra de grandes condiciones físicas, explicables por el riguroso y continuo entrenamiento al que se sometía. Por ejemplo, podía permanecer sin respirar más de tres minutos lo que le daba un margen de tiempo suficiente para escapar cuando fuertemente atado o encadenado le sumergían en agua. Antes de iniciar ese espectáculo solía pedir al público que dejara de respirar el mismo tiempo que él. Nadie podía resistir tanto.

El último gran mago no es una biografía cinematográfica de aquel famoso y extraño ilusionista sino un episodio inventado de su vida. Según vemos, en su gira por Gran Bretaña en 1926 el mago pasa unos días en Edimburgo donde conoce a una atractiva mujer que en un cabaret hace algunos elaborados trucos de ilusionismo junto con su hija de doce años, cómplice de la preparación. En realidad, ella comparece ante él porque Houdini ha ofrecido un premio de 10.000 dólares a quien consiga averiguar por medios espiritistas las últimas palabras de su madre, solo por él conocidas. Ella espera obtenerlas registrando su equipaje.

Aunque el episodio con Marie McGarvie es pura invención, la idea del concurso psíquico tiene una base real. En los últimos años de su vida, Houdini se interesó mucho en el espiritismo. No fue el único. Algunos británicos ilustres como el novelista Conan-Doyle o el científico Sir Oliver Lodge, más cientos de personas ingenuas, creyeron firmemente en la posibilidad de comunicar con los difuntos. La diferencia a favor de Houdini estuvo en que él comprendía muy bien los trucos utilizados por los pretendidos mediums en su papel de intermediarios con el más allá. Y los explicaba al publico (escribió dos libros además de intervenir en películas). Así pues, el caso de Houdini era el de quien desea que el espiritismo exista pero se da cuenta de las mentiras de los mediums profesionales. De ahí los premios y concursos que organizó en busca de una prueba convincente de la anhelada comunicación.

La directora australiana Gillian Armstrong y los guionistas Grisoni y Ward han realizado una película interesante por su ambiente y personajes pero irregular en cuanto a la historia que narra. Hacia la mitad parece que se inclinan por el drama amoroso pero después se arrepienten y casi permanecen fieles a la realidad. Una muestra: el final de Houdini fue resultado de una causa semejante a la que vemos pero las consecuencias duraron días.

Guy Pearce y Catherine Zeta-Jones forman la pareja protagonista, cada uno haciendo una buena actuación. Sin embargo, no consiguen que la relación de sus personajes funcione bien. Falta entre los dos lo que suele llamarse "química". La que sí brilla con luz propia es la niña Saoirse Ronan. cada vez que está ante la cámara Y como es la segunda vez -la anterior fue en Expiación, estrenada en enero pasado- puede afirmarse su talento interpretativo. Hoy día es una excelente actriz y quizá consiga pasar la barrera de la pubertad que inutilizó a muchas promesas infantiles.

La versión española ha cambiado el título de la original, Death Defying Acts, es decir Actos que desafían a la muerte, que parece aludir tanto a las arriesgadas fugas de Houdini como a su obsesión por averiguar si podía comunicarse con el espíritu de los difuntos.

En resumen: una aventura sentimental de Houdini, totalmente inventada pero teniendo en cuenta varios hechos reales. Buena ambientación y el interés de un hombre extraordinario. El cine y la tv lo han llevado varias veces a sus pantallas.


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