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La montaña de los guiris

El alemán Wegmann repite en El Puy, donde en tres años sólo han ganado extranjeros

Actualizada Domingo, 6 de abril de 2008 - 04:00 h.
  • LUIS GUINEA / MIKEL ARILLA . ESTELLA

Las grandes victorias se esconden en pequeños hábitos, en detalles. Fabian Wegmann y su equipo, Gerolsteiner, son alemanes. Gente cuadriculada, repetitiva. Por eso, a pesar de que en 2006 ganaron en la cima de El Puy, lo primero que hicieron los teutones nada más llegar a Estella el viernes por la mañana fue montar las bicis, darse una vuelta y hacer los 950 metros de ascensión a la basílica un par de veces.

Refrescar la subida en la cabeza para saber bien dónde colocarse y en las piernas, para sentir el desnivel de una cima talismán. El Puy se ha convertido en una montaña de guiris. En los tres años que lleva como meta del G.P. Miguel Induráin ha visto ganar dos veces al alemán Wegmann y otra al francés Nocentini.

Puede parecer injusto, casi insultante, pero desde hace tres años el Gran Premio Miguel Induráin son 950 metros. Los que hay desde el convento de Recoletas hasta la basílica de El Puy. Los 198,5 kilómetros anteriores se convierten en un filtro natural. Quienes mejor ejercitan en este tiempo el ahorro de fuerzas, llegan frescos y son hábiles al colocarse en la primera curva de la subida son quienes aspiran a la gloria. Los demás, no por mucho que hayan trabajado, o que hayan manejado bien la carrera. Para ganar el Induráin hay que estar en el sitio y el momento oportuno, una verdad de perogrullo pero tan cruel como lo que se vio ayer en Estella.

Gerolsteiner, que había gastado las balas justas en la casi cinco horas anteriores, llegó a Estella con seis corredores. Antes había lanzado a Moletta como cebo, después dejó que otros aceleraran el paso a pie de El Puy para terminar reventados, como le pasó al Euskaltel. Entonces, sólo entonces, dejaron a Wegmann perfectamente colocado.

El rubio de Munster se arrimó a las vallas y se limitó a repetir. Hizo lo mismo que en 2006, cuando ganó por primera vez, lo mismo que refrescó el viernes por la mañana en su doble repaso a El Puy. Algunos, como el explosivo Joaquím Rodríguez -la verdadera baza del Caisse d"Epargne porque Valverde llegó muy mal colocado- vieron la jugada, intentaron imitarla, pero no lo consiguieron. Lo mismo que Herrero o que el estelar Ricco.

Sólo el suizo Albasini estuvo a punto de impedir la victoria, pero al Liquigas le faltó la chispa de Wegmann, la de su cambio eléctrico, la de haber repasado la lección antes del examen.

Las escapadas escaparate

Lo demás, todo lo anterior, no pasará a los archivos del ciclismo, casi ni a los de la propia carrera. Se produjo una escapada-escaparate, esas de centenares de kilómetros que sólo sirven para chupar cámara, hacerse con las batallas parciales -las clasificaciones complementarias- y, en algunos casos, evitar que tu equipo se desgaste atrás en exceso. Es lo que hicieron Jorge Azanza (Euskaltel), Eduard Vorganov (Karpin) y Rafael Serrano (Contentpolis). Llegaron a tener siete minutos, pero en Las Casetas terminó su aventura y su ilusión.

Los artífices del derribo fueron aquellos en los que desde la salida había recaído la responsabilidad de la carrera. Caisse d"Epargne, Saunier Duval, Euskaltel, y en menor medida Gerolsteiner y Liquigas.

Control y control para llegar a donde siempre, a los 950 metros de El Puy. Una lotería en la que no gana quien más boletos tiene, sino el que llega con mejores piernas, y con los sentidos bien despiertos después de casi 200 kilómetros de castigo. Allí Wegmann les ganó de mano, y no porque jugara con las cartas marcadas, sino porque supo y pudo jugarlas.


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