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DESDE LA GRADA MARÍA VALLEJO

Fiebre en el sábado noche

Era el partido del sábado noche, del bocadillo, de la fiesta, del "no hay entradas". Lo tenía todo para haber sido inolvidable, pero se convirtió en el aniversario más infeliz del 0-3 de Leverkusen.

Actualizada Domingo, 6 de abril de 2008 - 04:00 h.

E L año pasado a estas horas el osasunismo se levantaba con una sonrisa en los labios. Sí, el 0-3 en el BayArena no había sido un sueño. La resaca del día después era de pura felicidad. Para ayer también se preveía fiesta, resaca, de todo. No se esperaba en el Reyno ni a los Bee Gees ni a John Travolta, pero se programaba Fiebre del sábado noche, que se convertiría, por obra y gracia del triste resultado, en fiebre, a secas.

Le costó al Reyno presentar una imagen de asientos llenos. Parte de la parroquia andaba apurando el último trago y hasta pasadas las ocho no ocuparon los aficionados sus localidades. Eso sí, durante 36 minutos no dejaron ni un instante de cantar, los de los tragos y los que no necesitaban gasolina para animar.

Hablando de animar, los que salieron entonadísimos fueron los rojos. Como para no estarlo. Ver el estadio sin apenas butacas vacías tiene que motivar hasta al más sin sangre. Y eso que en este Osasuna, si hay algo es alma.

Pero a veces el alma no basta. Durante media hora larga, equipo y afición fueron de la mano para asediar al imbatible Sorrentino, que parecía querer apoderarse del apodo de Astudillo, y en plan pulpo frenaba una tras otra las ilusiones de los casi 19.000 del estadio, de los 11 del campo, del banquillo y de los muchos miles que tenían pegados los ojos a la tele y los oídos a los auriculares.

No bastaba con salir a comerse al Recre, llenar el campo, que Monreal sacara delicias en forma de falta, que Jokin arrancara aplausos con su brega en la banda. No bastaba con marcar goles que fueran anulados, o estrellar balones al palo. Si el 0-0 no se mueve, ya se encargará otro de moverlo.

Ese otro era el hombre que, gracias a Apelación, estaba allí: Sinama. Como el año pasado, marcaba un gol y marcaba a fuego el incierto futuro del partido. Al descanso, 0-1, como el día del ascenso.

Pero el tiempo pasaba y el Reyno enmudecía. No era fácil decir quién estaba más deprimido: el público o el equipo. La depresión llegaba a tal punto que incluso volvió a escucharse un tímido "Izco, vete ya". El partido del bocadillo terminó en indigestión, malestar, fiebre. Vaya sábado noche.


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