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ARTISTAS AFINCADOS EN ELMEDIO RURAL | PAUL MONTAGUE ESCULTOR

"Quería vivir en un lugar en el que no hubiera que echar la llave"

"Las exposiciones en casas de cultura son muy onerosas para el artista porque tienes que encargarte de todo y apenas salen ventas"

Actualizada Jueves, 3 de abril de 2008 - 04:00 h.
  • R. A. . VILORIA

Hay pocos cambios más radicales que dejar una vida atrás en Londres para afincarse en Viloria, una pequeña población del valle de Lana, que esconde sus bellos paisajes tras una climatología inclemente. El escultor británico Paul Montague lo hizo hace diez años y es hoy uno de los cincuenta vecinos del pueblo, quizá el más especial porque vive plenamente entregado a su vocación artística en un entorno rural y apartado.

No siempre fue así. Montague nació en la población británica de Doncaster (Yorkshire) en 1954, aunque sólo vivió allí hasta los dos años. Después se trasladó a Liverpool y a Buenos Aires por la profesión de su padre, jefe de una fábrica de vidrio. En los años 70 volvió a Inglaterra y conoció a su compañera, Fina Gayoso Borrell, de Malpas (Lérida). En 1978 se dirigió a Londres para continuar con sus estudios y después trabajó como joyero y artesano de forja.

¿Qué le llevó a buscar un cambio tan drástico?

Después de 20 años en Londres estábamos cansados de violencia e inseguridad. Llegó un momento en que me planteé vivir en un lugar donde no hubiese que echar siempre la llave al salir de casa. Eso, pese que el barrio en que vivíamos, Brickston, no era nada inglés, ya que estaba habitado por jamaicanos, que veían la vida de otra manera y apenas había gente blanca. Así que nos decidimos a buscar.

Y se decantaron por España...

Fina es española y conocíamos unas cuantas provincias. De hecho, en el año 1992, estuvimos a punto de trasladarnos a Sevilla. En 1998 comenzamos a buscar. Llegamos a Madrid y de allí salimos para Aranjuez y nos dirigimos a Teruel, porque pensábamos que sería una buena zona. Pero nos desviamos hacia Navarra. Nos gusta mucho andar y empezamos a recorrer. Llegamos por pura casualidad a Acedo en un día calurosísimo de verano y nos enamoró el paisaje. Volvimos a echar a andar en busca de sombra y llegamos a Viloria. Había un cartel de "se vende" en esta casa y aunque no habíamos pensado comprar nada porque en Inglaterra es poco común, lo hicimos.

¿Y no le preocupaba cómo ganarse la vida? ¿Cómo podría salir adelante?

Era eso precisamente de lo que huía. En Londres tenía mucho trabajo, compartía un taller con varios artistas y nos llegaban muchos pedidos. Pero te das cuenta de que dedicas 11 meses al año a trabajar y al final sólo te quedan quince días cada 365 para tí, para hacer un pequeño viaje a Irlanda, por ejemplo. En Londres se necesitaba tanto dinero sólo para vivir, que eso no te permitía hacer nada más. Ahora es completamente diferente. Yo, por ejemplo, no tengo cuenta ni tarjeta de crédito. (Se ríe). Bueno, Fina sí la tiene y yo la puedo usar, pero no me gusta la idea de atarme a un banco.

Si venir aquí fue para usted cerrar la puerta a toda una vida, para los vecinos de Viloria sería aún más extraño.

Cuando llegamos corrieron por el valle todo tipo de interpretaciones, aunque por supuesto nos hemos ido enterando mucho después. Debió resultar chocante, porque aquí todos se dedican a la agricultura y ganadería y no podían concebir un artista en este entorno. Al poco tiempo de llegar hice una exposición en el pueblo y comenzaron a hacerse una idea.

¿Al final se ha convertido en un vecino más?

Me llevo bien con la gente del pueblo, pero tengo que reconocer que Fina cultiva las relaciones mucho más que yo.

Ha prescindido de muchas cosas superfluas y otras no tanto en una zona aislada. ¿No resulta insoportable vivir sin coche?

Para nada, me gustaría ser pasajero hasta el final, si puede ser. Siempre he deseado no tener que conducir. Quizá parezca complicado, pero nos arreglamos con el autobús que pasa por Acedo. Al principio llegábamos hasta allí andando, pero ahora que nos conoce todo el mundo, muchas veces nos paran en coche.

¿Y cómo transporta la materia prima para las esculturas?

Es cuestión de organizarse. Para la fragua utilizo un carbón especial de coque, que llega al puerto de Bilbao, y el hierro lo adquiero en Mendigorría. En cada momento utilizo el transporte que puedo. Muchas veces lo hago gracias a un vecino del valle que tiene camión con remolque.

También le resultará difícil estar cerca de los circuitos artísticos.

He hecho unas cuantas exposiciones en casas de cultura y galerías, pero las primeras son muy onerosas para el artista, porque tienes que encargarte de todo y aunque el público queda muy agradecido, no es del tipo que suele comprar. Varios galeristas tienen obras mías y, de esta forma, poco a poco van saliendo. Ahora también se habla mucho de Internet, que parece la fórmula del futuro.

¿Suele mantener encuentros con otros artistas?

Me gusta intercambiar ideas con otros compañeros y algunos, como el pamplonés Antón Hurtado o Carmelo Camacho de Bilbao vienen con frecuencia.

¿Así que no echa de menos el Reino Unido?

No demasiado, porque voy de vez en cuando a ver a mi familia. Sí que añoro jugar al fútbol. Crecí en Liverpool y eso no se olvida fácilmente.


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