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POSTALES DESDE EL SANTUARIO

El laberinto

Actualizada Jueves, 3 de abril de 2008 - 04:00 h.
  • IÑAKI OCHOA DE OLZA

H ORIA y yo sudamos profusamente camino de Ghorepani, primera parada de nuestro particular peregrinar hacia el Santuario de los Annapurnas. Aunque el camino es empinado y requiere su esfuerzo, no podemos dejar de mirar a los hermosos rododendros gigantes que nos rodean. A finales de marzo, la primavera ha explotado y todo a nuestro alrededor florece sin complejos. Sin duda, esta es la mejor época del año para caminar por este país.

Apresuramos el paso y contenemos la respiración cuando al fin podemos ver el Dhaulagiri, que ambos escalamos el pasado año y que nos dejó marcados cual ganado, a fuego. Por unos instantes plagados de sentido, ninguno puede pronunciar una sola palabra. Apenas un rato más tarde, volvemos a la cháchara habitual y a las bromas.

Sólo tres días después, nuestros pasos se adentran en este gigantesco circo natural que forman los diferentes Annapurnas. Se trata de uno de los lugares más hermosos que mis ojos hayan visto, y se entiende perfectamente el carácter sagrado del lugar, así como la espiritualidad que emana por doquier. Nuestra llegada me estremece en lo más profundo, me deja de nuevo sin aliento, sin siquiera un asomo de esperanza. Montañas de 6.000 y 7.000 metros, de apariencia inviolable, se ofrecen a nuestra mirada sin pudor alguno. Al fondo del todo, casi tímida, encontramos nuestro objetivo, la inmensa pared sur del Annapurna.

Es una de las paredes más grandes de la tierra, junto a la pared sur del vecino Dhaulagiri y a la vertiente Rupal del Nanga Parbat, en Pakistán. Más de 4.000 metros de imperdonable desnivel nos separan de la cima, y ninguna ruta hasta ella es en ningún modo asequible. En un primer momento, la empresa se me antoja una quimera irrealizable, apenas un sueño pasajero e imposible

Nos instalamos en uno de los pequeños albergues nepalíes, rodeados por la nieve, cercanos al lugar del campo base tradicional. De momento dormiremos en una especie de camastro, y cada uno tenemos nuestra pequeña habitación. Los ocho colegas rusos con quienes compartimos permiso de escalada y planes aún tardarán diez días en llegar, y con ellos llegará el campo base tradicional, con su cocinero y sus tiendas. Aquí nos reunimos, por fin, con nuestro amigo canadiense Don Bowie, el tercer miembro de nuestra pequeña expedición. Don mide 1,90 metros, es atlético y tiene todo el aspecto de ser un actor de Hollywood, con sus ojos profundamente azules y su perenne sonrisa. Horia y yo estamos de acuerdo; aunque no hemos decidido todavía quién de nosotros es el bueno, quién el feo y quién el malo, ya sabemos por lo menos quién es el guapo.

Nuestra peregrinación anual ha concluido otra vez. Ya estamos donde queríamos, aunque he de reconocer que nunca me había sentido tan impresionado por las dimensiones físicas de una montaña, ni siquiera por el K2. Tenemos ocho o nueve semanas por delante para descifrar los secretos de este laberinto en apariencia inexpugnable, que estoy seguro sabrá sacar lo mejor de cada uno de nosotros.

Sé bien que una parte de nuestra sociedad no ve con buenos ojos que seamos capaces de pelear como condenados para cumplir nuestros sueños, ni que derrochemos valor en nuestra aparentemente estéril búsqueda. Sé que nuestro modo de vida alternativo no siempre es entendido o bien recibido pero, ¿acaso debería reprochármelo? La diosa Annapurna tiene más respuestas guardadas en su regazo que todas las preguntas que yo sería jamás capaz de formular. La espera ha terminado, el sueño puede ser vivido.


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