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FINAL DEL CAMPEONATO DE PAREJAS 2008

Campeones en la montaña rusa del Ogueta

El navarro sumó la única txapela que le faltaba junto a Oier Mendizabal, el primer guipuzcoano en lograrlo desde 2003

Actualizada Lunes, 31 de marzo de 2008 - 04:00 h.
  • LUIS GUINEA/SANTIAGO ZUZA VITORIA

Cuando la derecha de Laskurain soltó el pelotazo 727 del partido y se fue abajo, Aimar Olaizola no pudo reprimirse y saltó puño en alto con el tanto 22. El goizuetarra conquistaba la txapela que le faltaba junto con Oier Mendizabal en una final dura, que viajó a tacadas y terminó siendo una montaña rusa en la que el dueto de Asegarce terminó desenvolviéndose mejor.

No fue un partido brillante en lo técnico, pero mantuvo viva la emoción en 91 minutos que fueron devorados segundo a segundo por una parroquia entregada y dividida en un abarrotado Ogueta.

En la final más abierta e incierta de los últimos años navegó desde el primer pelotazo al son de juego racheado. En Asegarce tenían pánico al arranque eléctrico de Titín. Lo neutralizaron con un inicio de partido de libro por parte de Aimar y Mendizabal. Huyeron del cuerpo a cuerpo con el de Tricio, tendieron un puente sobre su cabeza para quitarle el aire y comenzaron a cargar la tarea en Laskurain. Sin florituras, pelotazo a pelotazo, y siempre con el criterio de la efectividad salvaron el primer punto crítico de la final.

A pesar de encajar un 7-3 y de que el delantero riojano no acababa de encontrar su sitio, Titín-Laskurain se mantuvieron vivos en el marcador, no por méritos sino por errores del contrario. De hecho el de Tricio no se cobró el primer tanto en jugada hasta el 7-6. Tardó en entrar en acción, pero lo hizo con una dentellada que le dio la vuelta al partido. La segunda racha.

Un 0-12 implacable

El riojano no es un pelotari sorprendente, es previsible. Su secreto está en el ritmo, en la velocidad. Lo cuenta él mismo en Titín III, el libro de Isabel Vidarte que narra su vida. En las finales primero juega el ojo para ver e intuir qué hace el rival, después los pies para adelantarse al contrario y por último el brazo para ejecutar movimientos mil veces ensayados. Tan fácil, tan difícil.

Y así, poniendo los cimientos en el saque bombeado (4 tantos directos) que obligaban a Mendizabal y en un aparentemente sólido Laskurain desencuadernó el planteamiento de Olaizola. El inicio tan sólido de Asegarce se desmoronaba como un castillo de arena por acierto del de Tricio, y por pizquitas de suerte como una escapada de Laskurain que le llevó a Olaizola a hacer un gesto de desesperación palpable.

Pero volvió a soplar el viento en el Ogueta, y lo que parecía una remontada insalvable (del 7-3 se pasó al 7-15) roló hacia otra racha, la tercera y definitiva del partido. Reapareció Aimar, se echó a Mendizabal y la final a la espalda y volvió al principio, al camino duro, el del trabajo. Pelotear y pelotear sin descanso, sin que nada ni nadie le sacaran de la tarea. Ni las protestas de Titín por el gancho del 13-15, ni los incomprensibles pitidos de la grada.

La trotina, la exigencia del compromiso y del propio Ogueta terminaron enloqueciendo la final. Dos números. Los dos tantos más peloteados del choque fueron el 20-17 y el 21-17 con 63 y 87 pelotazos después de más de 80 minutos de esfuerzo. Dos tantos que reventaron a Laskurain.


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