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ETCÉTERA FERNANDO HERNÁNDEZ

SILENCIO

Actualizada Lunes, 31 de marzo de 2008 - 04:00 h.

E L pasado viernes, en el segundo de los conciertos de la Orquesta Pablo Sarasate, el director, Howard Griffiths, subió al podio, se giró, dio un sonoro buenas tardes y pidió "silencio absoluto". También recordó en inglés al público que la obra de Webern "dura siete minutos". "Si les gusta, dura siete minutos; si no les gusta, también dura siete minutos".

Por supuesto, me pregunté si semejante bronca tenía como origen el comportamiento de mis abonados de los jueves, pero no me creo que mi señora madre y sus compañeros de turno sean una cuadrilla de maleducados. A no ser que alguien considere así los "gélidos" aplausos de los que hablaba Fernando Pérez Ollo en su crítica. Y también llegué a la conclusión de que si hubiera un tercer concierto Griffiths no hubiese hecho ninguna advertencia, visto el poco éxito que tuvo el viernes. De hecho, las toses, carraspeos y cuchicheos varios fueran los mismos de un concierto habitual: incluso, y a pesar de la advertencia que se repite cada día minutos antes de que comience el espectáculo, durante los siete minutos famosos sonó un teléfono móvil. Es cierto que, desde donde yo estaba, sonó al otro lado del auditorio, pero es que la acústica del Baluarte tiene estas cosas.

No tenemos el mismo concepto de silencio que en Europa. Ángel Unzué, que es la persona que con más cariño me ha llamado acémila (y ahora van y miran en un diccionario qué quiere decir, como tuve que hacer yo con quince años), nos solía recordar (bueno, nos solía gritar) a quienes hacíamos teatro en Jesuitas y manteníamos animadas conversaciones durante los ensayos que "callarse no es hablar en voz baja, es callarse".

No apreciamos el silencio. Batallamos contra él. Entrar en muchas tiendas de ropa es como cruzar la puerta de una discoteca, y hay restaurantes que compensan la costumbre española de hablar en voz muy alta poniendo la música más alta todavía. Pero uno, que es bienintencionado, siempre piensa que las cosas se hacen por el bien común. Y que ese enorme altavoz que hay encima de los cajeros automáticos del párking de la Plaza del Castillo no vomita música a todo volumen para enfadarnos aún más cuando llega el momento de pagar. No. Lo que intenta es que nos vayamos cuanto antes de ahí y no formemos colas.

Si es que piensan en todo.


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