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SOCIEDAD

Un bulo: San Miguel no siempre trae lluvia

Aunque la imagen llegue en un día de sol radiante, no faltarán voces que aseguren -¿sin asomo de duda?- que va a llover

Actualizada Domingo, 30 de marzo de 2008 - 04:00 h.
  • TEXTO GABRIEL IMBULUZQUETA FOTOGRAFÍA ARCHIVO DDN

Erre que erre, tozudos que somos, seguimos pensando y proclamando que la llegada de la imagen de San Miguel de Aralar a Pamplona viene acompañada de la lluvia. Y lo seguiremos diciendo aunque se trate, como se dice ahora, de una leyenda urbana; es decir, de un bulo bienintencionado, pero bulo al fin y al cabo.

La imagen de San Miguel llega a Pamplona el lunes de la semana siguiente a la Pascua de Resurrección (el lunes de la dominica in albis, como se decía cuando se usaba un lenguaje con mayor influencia eclesial que hoy), lo que significa que, por lo general, es en abril (el mes de las aguas mil). Entre las excepciones, por ejemplo, este año, que toca en el último día de marzo.

Año a año, cien años

Un recorrido por las páginas de Diario de Navarra descubre que en los últimos cien años (1908-2007) la "tradición" se equivoca con una terquedad a prueba de los comentarios que tantas veces se han publicado.

La hemeroteca demuestra que, en concreto, coincidiendo con la llegada del Angelico, la lluvia apareció en 30 años; por contra, no llovió (poco importa si amenazaba o si el tiempo era radiante) en 60 (sí, efectivamente, el doble).

Hay seis años en que no queda claro en la información, pero parece que hay que inclinarse porque no llovió; hay también un año en que ocurre lo mismo, pero parece que sí apareció la lluvia. En 1910, el Ángel no pudo llegar por una gran nevada (el portador de la imagen y sus acompañantes se desplazaban en mulas y caballerías y los quitanieves para las carreteras eran un invento del futuro); no obstante, vino cinco días después y consta que el suelo estaba húmedo... (¿quizá por la nieve acumulada en días anteriores?). Por último, quedan dos años que, a efectos estadísticos, están en el limbo: 1933 y 1936. ¿Razón? Las autoridades de la República no permitieron el desplazamiento de la imagen.

Y si viniese en agosto...

Las posibilidades de que llueva en Pamplona en el mes de abril son muy altas. No hace falta ser crédulo a macha martillo ni volteriano cínico y burlón para aceptar como dogma la vinculación entre imagen y meteorología o para replicar con un "¡que venga en agosto!".

No es preciso tanto. Aunque un repaso somero a la hemeroteca deja algunas joyas curiosas: "esto sí que ocurre pocas veces" (por el buen tiempo en la llegada de San Miguel en 1931); en 1945, con grandes nubarrones amenazando, el Angelico de la Meca acudió "muy precavido" al portal de Taconera a dar el beso de bienvenida a su homólogo de Aralar, luciendo una "mundana gabardina"; en 1962, no hubo "necesidad de paraguas ni de impermeable"; en 1968, la llegada coincidió con la lluvia, que "es casi tan tradicional como la visita"; dos años más tarde, "cosa rara pero cierta. San Miguel llegó y no llovió. Pocos años se puede decir lo mismo. La llegada del Ángel es sinónimo de borrasca, de paraguas abiertos, de cierzo frío. Este año, sin embargo, la tradición meteorológica parece haberse roto...".

En 1972, por el contrario, hizo su entrada "acompañado de la lluvia casi inevitable y, desde luego, tradicional". El cronista de 1991, al amparo del buen tiempo que hizo, afirma que "se rompió la leyenda que afirma que siempre llueve cuando llega San Miguel". Dos años más tarde, coincidiendo con una tarde calurosa y sin asomo de mal tiempo, el periodista recoge la afirmación contundente de una joven: "es matemático, cuando viene ese hombre, llueve" (¿lo de "hombre" sería por Miguel Azpíroz, portador de la imagen durante cuarenta años?), o la más ingenua de una niña totalmente convencida que dice a su madre "ahora va a llover; mira, ya ha venido".

En 1999 sí que llovió y "se cumplió la tradición. Caía un agua delgada, tupida y fría cuando la imagen de San Miguel de Excelsis, el Ángel de Aralar, entró ayer en Pamplona. Como si de la sierra no pudiera bajar con sol, calor y bonanza"... Pero en 2000, "este año, no, no se cumplió la tradición. Ni llovió ni nada".

Que llueva, que llueva...

Al arrimo de "lo más actual" habrá quien piense que algo tendrá que ver el tan cacareado cambio climático. ¡Cómo no! En los últimos diez años, sólo ha llovido en uno, en 1999.

Pero el atosigamiento del cambio climático debe ser algo muy viejo, porque en los diez primeros de los cien años analizados sólo llovió en dos, en 1909 y 1917, y en uno, en 1910, se aplazó la llegada por una gran nevada.

Las alteraciones meteorológicas se han dejado sentir también en otros dos años, en 1955 y en 1997. En el primero, el obispo (un año antes de ser arzobispo) Enrique Delgado Gómez, y, en el segundo, el arzobispo Fernando Sebastián, coincidiendo con la estancia del Ángel de Aralar en Pamplona, decretaron que todos los sacerdotes rezaran en las misas la oración ad petendam pluviam (para pedir lluvia). Por extensión, la petición se dirigía también a los fieles de a pie.

De haberlo sabido, es posible que los niños también hubiesen aportado su particular plegaria en forma de lúdica cantinela: "que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva...".

Callados somos más guapos

En 1988 -debo entonar mi mea culpa particular- escribí que "digan lo que digan los meteorólogos, el pueblo sabe más. Y sabe que cuando llega San Miguel a Pamplona hay que sacar los paraguas a la calle". Debía estar confundido y aturdido por el halo que rodea a toda leyenda, sin pasárseme por las mientes que, como tantas veces he oído, "periodismo es comprobar".

En mi descargo -si cabe alguno- una afirmación ajena recogida el mismo día en el portal de Taconera y reproducida en el comentario: "Aunque llueva parece que no le importa a la gente. Hay que ver el gentío que se ha juntado aquí, por lo menos desde media hora antes de llegar el Ángel. Como ya se sabe que va a llover...".

Pluma de más renombre, la de un columnista que hoy es "autoridad" por ser consejero de Cultura, trató el tema en 1989 al hilo de la llegada de la efigie del arcángel. De éste escribía -con más cariño que irreverencia, con más licencia literaria que socarronería- que San Miguel "es nuestro fetiche de la humedad, nuestro antídoto primaveral contra sequías y estiajes, nuestro idolillo de la lluvia. A lo mejor por eso, por su largo compadreo con la pluviosidad, él lleva sobre el rostro recatado o clandestino esa especie de capuchón, de escafandra, a modo de submarinista avezado y antiguo".


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