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PAISAJES CON LEYENDA

Los grafitos de la oliva

Los grafitos están en la antigua capilla de los Almoravid, una familia noble de la Ribera

Actualizada Domingo, 30 de marzo de 2008 - 04:00 h.
  • TEXTO Y FOTOS JOSÉ A. PERALES

La iglesia de Santa María de la Oliva se levantó entre los siglos XII y XIV. Un siglo después concluyó la segunda fase del claustro con sus bellos arcos góticos. Fue entonces, cuando se hicieron también la mayor parte de los grafitos que aparecen en la capilla lateral de la nave. Estos fueron encontrados y estudiados a partir de 1997 por Pablo Ozcáriz Gil, en la actualidad profesor de Historia antigua en la universidad Rey Juan Carlos.

El resultado de aquella investigación vio la luz el pasado año en un libro dedicado a los grafitos medievales del monasterio de la Oliva.

El interés de estos dibujos radica no tanto en su precaria belleza como en su antigüedad y su valor testimonial. Todos ellos están realizados sobre el yeso que cubre las paredes de este rincón de la iglesia donde se encuentra la capilla de los Almoravid . Este apellido corresponde una importante familia ribereña de la baja Edad Media, cuyos miembros eran enterrados aquí. Se da la circunstancia de que el sepulcro se apoyaba sobre la pared y tapaba buena parte de los grafitos. Por eso cuando se empezaron a estudiar las inscripciones, los responsables de la institución Príncipe de Viana decidieron retirarlas dejando a la vista nuevos dibujos.

Abades y caballeros

Aunque hay también marcas de cantero y algunas inscripciones modernas, la mayoría de los grafitos estudiados parecen ser del siglo XV y principios del XVI. Entre ellos, encontramos algunas letras góticas, a veces formando palabras (Aybar, Gallypienço.), y sobre todo figuras de animales y de personas. En una de las paredes aparecen varios caballeros medievales portando lanza, gualdrapa y gonfalón -como si estuvieran participando en unas justas-, y también la figura de un abad con mitra y bastón de mando. Este último personaje tiene escrita encima la palabra Gallypienço, lo cual hace suponer que podría ser el abad del mismo nombre que dirigió el convento entre 1417 y 1429.

Junto a él se distinguen además un arco de tracería, y otros bocetos arquitectónicos. Algunos están tan bien trazados que parecen hechos a cartabón y compás,... Otros en cambio están dibujados a pulso, como si fueran lecciones que da un arquitecto o un maestro de obra a sus aprendices. Curiosamente, algunos de los arcos representados en esta pared parecen coincidir con uno de los existentes en el claustro del monasterio. Ello ha llevado a pensar que podría existir alguna correspondencia entre el dibujo y la época en la que fue construido (siglo XV).

Mención aparte reclaman los animales representados en las paredes. Los más numerosos son los caballos. Unas veces aparecen solos y otras montados por caballeros con lanza. Pero en la misma pared, cerca del abad, encontramos también un pavo real con la cola desplegada. Entre los antiguos cristianos, este animal simbolizaba la resurrección de Cristo, y en definitiva, la inmortalidad. Por eso aparece con frecuencia en las pinturas de las catacumbas. La razón de este simbolismo tiene que ver con algunas características de este pájaro al que se le caen las plumas en invierno para volver a salirle en primavera. En algunas culturas orientales, se relaciona también el pavo real con la sabiduría, ya que -según algunos escritores- en su cola tiene el pájaro escondidos doce ojos.

Bestiario medieval

Enfrente de este animal "que todo lo ve", en las columnas que separan la estancia del resto de la iglesia, aparecen también dos perros (o lobos) y la figura de un dragón. Este último es, en la iconografía cristiana medieval, un animal próximo a la serpiente, que aparece a su vez como una representación del mal. A veces suele pintarse al dragón echando llamas por la boca o por la nariz, lo cual era visto entre los antiguos masones como un símbolo de los instintos más incontrolables. Como señala Cirlot (1982), "vencer esa fuerza, dominar nuestro espíritu, supone la posibilidad de penetrar en los dominios del ser".

Aunque no poseen gran valor artístico, los grafitos de la Oliva tienen al menos un evidente interés histórico, ya que se trata de garabatos trazados por gente anónima hace más cinco siglos. En Inglaterra, y en otros países europeos, este tipo de inscripciones, aun las más modernas, suelen estar protegidas por cristales o paneles de metacrilato, para preservarlas y exponerlas al público como una expresión testimonial de personas que pasaron por allí en otro tiempo determinado.

En el caso de la Oliva, al valor simbólico de estos grafitos, hay que añadir lo sugerente del lugar donde han sido hallados: una capilla sepulcral que pudo haber sido utilizada antes como lugar de encuentro o de trabajo de los maestros de obras y de los albañiles que trabajaban en la construcción del monasterio. Curiosamente, las marcas de cantero aparecen aquí mezcladas con grafitos de animales y personas cuyo simbolismo ha sido utilizado luego por la masonería moderna. Se nota que esta fue una dependencia apartada de la nave porque los yesos se cortan en un lugar determinado, lo cual hace pensar que este espacio estuvo cerrado y apartado del resto de la iglesia. Quizás estos grafitos planteen dudas, o generen polémica entre los historiadores del arte, pero de lo que no cabe duda es de que este sugerente rincón de la Oliva es un lugar idóneo para dejar volar la imaginación y componer quizá esa novela histórica que todo ilustrado postmoderno lleva dentro.


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