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SOCIEDAD

En ruta con un vendedor rural

La primera compra de la mañana es la de Mari Flor Cadarso, vianesa de 70 años, que se llevó una camisa de su hijo

Actualizada Domingo, 30 de marzo de 2008 - 04:00 h.
  • TEXTO CARMEN REMÍREZ FOTOGRAFÍA MONTXO A.G.

Y o tenía que haber sido psicólogo. ¿Sabe usted lo que me dice su cara? Expresa formalidad. Para remarcarlo, nada pega mejor que esta camisa verde. Nada mejor. Mire que estamos avanzado ya hacia el verdor de la primavera y así esta tela le combina con el rostro divinamente...". La labia que destilan estas palabras es la mejor "ventaja competitiva" para el escaparate textil de Belisario Ferrero Prieto (Zamora, 1939).

Además de su desparpajo natural, ha estimulado esta cualidad desde los 12 años, cuando con su madre comenzó a vender ropa por los pueblos . "A los 15 ya iba solo en el autobús de línea". Ahora, con 69, tiene decidido retirarse del oficio que le dio de comer desde la adolescencia, pero revive en este reportaje una de las figuras más tradicionales en los pueblos navarros: el vendedor ambulante de textil. "Iba de casa en casa. Calcetines, toallas, pañuelos de nariz y hasta trajes de boda", cuenta.

En función de los encargos, semanalmente o cada quince días, Belisario Ferrero recorrió durante décadas algunas localidades navarras. En ellas tenía clientes, algunos fijos y otros esporádicos, que le permitían vivir de sus ventas. "Viajaba por Navarra y por La Rioja. Conozco Estella, Tafalla o Tudela, aunque siempre me ha gustado más el trato en los pueblos más pequeños ", señala. Ferrero reside ahora en Logroño, donde su hijo Jorge Ferrero García, de 40 años, regenta un comercio de moda. "En la época de mi hijo ya vimos que no se podía seguir viviendo de esto. La gente ya no compra la ropa en el primer señor que se la ofrece en la puerta de su casa. Son otros tiempos".

Para comprobar hasta qué punto han cambiado las costumbres, Ferrero vuelve a ponerse al volante de su vehículo. En el maletero, dos cubetas de ropa, y como compañía, dos periodistas en busca de un retrato original.

Por el centro de Viana

El casco urbano de Viana recibe la primera incursión de Belisario. Aparca su Citroën Xsara Picasso junto al recinto amurallado de la ciudad. "Mirad, mi matrícula es FVN. Yo leo las siglas como Ferrero va a Navarra", bromea. Durante unos minutos ha dudado si comenzar con la venta por uno de los barrios que quedan más alejados del núcleo urbano, al otro lado de la antigua N-111. "Antes iba a vender allí, porque muchas de las familias que habitaban esas casas eran trabajadores venidos de otras regiones, como mi caso". Sin embargo, en esta ocasión se ha inclinado finalmente por el centro de Viana. "Hasta lo de tapar está a la venta", ríe. Y no miente. Las cubetas del maletero están cubiertas con dos coloridas toallas que Ferrero no duda en ofrecer a los clientes que se va cruzando por las calles. Un jersey, varias camisas, calcetines, e incluso la toalla, por diez euros.

"Conocía a la señora María o a la señora Josefa por su nombre; así no desconfiaban. Muchas veces estaban solas en casa mientras el marido estaba en el campo, trabajando". Pero esos hábitos no son más que recuerdos. Hoy en día, a las diez de la mañana, en Viana no pasean más que jubilados y algunas amas de casa que regalan a Ferrero una mirada de desconfianza. "Camisas por diez euros, pantalones por cinco", repite según alcanza la plaza del Ayuntamiento. "La tele y muchos desalmados tienen la culpa de que este comercio esté muerto", se queja. Pero, tras un instante de nostalgia, entra con paso decidido en una tienda de comestibles, Autoservicio Perillo. Piedad Martínez Marcos, dependienta, le observa curiosa. "Es que estamos tan cerca de Logroño para estas cosas, que al final da más seguridad comprar allí". Aún así, no rechaza la tarjeta de la tienda del hijo, que Ferrero reparte con simpatía. "¿No se acuerda de mí? Hubo una época en la que yo venía mucho a vender por aquí... Bueno, es igual. Aunque no me compre nada a mí, ya sabe dónde estamos".

Vestidos de boda

De reojo, Piedad Martínez se lo piensa mejor. "¿Y tenéis vestidos como para ir de boda?", pregunta. "Claro. Además, nuestros vestidos de fiesta están a 80 euros, cuando otros los venden a 300", responde Ferrero. "Pues ya se lo diré a mi hija, que este año tiene 6 bodas". Para este vendedor, en conversaciones como ésta es donde más se aprecian los cambios sociales. "Antes ibas a un pueblo y hablando con una clienta te contaba que su hijo se iba a casar. Y te surgía preguntarle si por casualidad ya tenía traje. Ella se quedaba extrañada. Pues no. Y se lo vendías. Ahora eso es imposible, quién no ata todos los detalles antes de casarse". Pero no sólo las condiciones económicas son distintas. También es diferente la actitud de los lugareños ante los desconocidos. "No consigues ni siquiera que se paren a hablar contigo un minuto".

No todo el mundo ha olvidado a Belisario Ferrero. En la pescadería Suso, regentada por las hermanas María Teresa y María Luisa Ciáurriz Suso, ésta última termina atando cabos. "Puede que mi madre tenga tela de sábana que le haya vendido tu padre", comenta. "Y fíjate si hará años", responde Ferrero. El periplo por Viana continúa por una de las panaderías. Antes de franquear la puerta de Panadería-Pastelería Rubio, José Luis Monasterio Ramírez, se le queda mirando. Sin despegarse de su sonrisa, Belisario Ferrero le tiende un calendario. "El 2008 y una tarjeta de mi tienda". Vuelve a sonreírle, y entra en la panadería.

"Antes, en un buen día podías llegar a vender 30 o 40 prendas", cuenta mientras una clienta compra magdalenas y pan. "Dependía mucho de la época. Por ejemplo, antes sabía que después de la cosecha del grano, de la uva o de la oliva, las familias tenían dinero y lo invertían en ropa. Si no había efectivo...". La primera compra de la mañana la realiza Mari Flor Cadarso Zurbano, vianesa de 70 años, pensando en su hijo.

"Esta camisa me gusta. ¿Cuánto vale?", pregunta. "Es de muy buena calidad. Ya verá qué buen resultado le da. Y sólo por diez euros". Mari Flor Cadarso frunce el ceño. "¿Y no tiene de manga corta? Es para mi hijo, para el tractor. Es muy caluroso". Carecer del mismo modelo en manga corta no es problema para Ferrero. "Esto tiene fácil arreglo, mujer. Mientras ve usted la novela le arregla las mangas en un periquete". Ella insiste. "Claras no me enseñe que no quiero. ¿Y si me la deja en nueve euros?". El tira y afloja se alarga algunos minutos. Ágilmente, Ferrero rompe el plástico que protege una de sus camisas y la extiende al aire. "¿Será ésta la talla de su hijo?". Al final, cada uno cede a su manera. El vendedor, porque rebaja finalmente a nueve euros la camisa. La compradora, porque se lleva un producto de manga larga que tendrá que arreglar recortando las mangas a golpe de aguja.

El negocio con esta señora atrae la atención de otras. La experiencia de Ferrero le dice que "cuando atiendes a alguien es más fácil llamar la atención de más gente". Ángeles Estenaga Díaz de Cerio, de 81 años, sopesa si comprar o no. "Es que aquí no llevo la cartera", se excusa. "No se preocupe, le esperamos, o le acompañamos a casa, si quiere". La "tienda móvil" de este vendedor ambulante se desplaza así en busca de su probador particular. Por si acaso, también lleva en el bolsillo un par de metros de sastre. "Las tallas de mujer son más variables, pero las de hombres, no. Si me deja un pantalón de su marido, rápidamente le calculo si éste le servirá. Incluso de largo, si hay que recoger los bajos", cuenta.

A mediodía, no más de tres o cuatro coches permanecen aparcados frente a la sociedad de Torres del Río. Un jubilado se dirige caminando hasta allí y Ferrero no desaprovecha su oportunidad. "Mire qué toallas tan majas. Para el río, para la playa, para lo que quiera", le muestra. Pero el señor le devuelve una escéptica mirada. "No soy yo muy de playas". Sin perder la esperanza, Ferrero camina hasta una casa. Parece habitada porque las ventanas están abiertas. "Hace décadas siempre había alguien en casa. Ahora, entre el abandono de los pueblos y que la mujer también trabaja fuera, nunca puedes estar seguro". Pero Natividad Bujanda Ocio, que sí está en casa, no parece interesada en los productos que ofrece Ferrero. "Probemos suerte en Bargota".

Calcetines por un euro

Entre Viana y Torres del Río, Bargota saluda con algo más de actividad. Nada más sacar la cubeta del maletero, Ferrero se dirige a una señora, que sale de su casa. "Mire qué ofertas. Calcetines por un euro, chaquetas y hasta una toalla". Sin muchas palabras, ella le presta atención. Ferrero no desaprovecha la oportunidad. "Veo que se ha fijado. Todos son productos de la máxima calidad". Ella se agacha y coge una de las chaquetas. "Me gusta ésta. ¿La tiene en marrón?". Efectivamente, Ferrero cuenta con una prenda en un beige claro, que más parece crema. "No sé, las ataduras son de hombre, ¿no?", pregunta algo desconfiada la compradora. "Que ahora todo se lleva amplio, mujer. Pruébesela. Ya verá cómo le queda bien".

Con cuidado para que no se arrugue demasiado, la mujer se lleva la prenda a casa. En la puerta, Ferrero espera a que se la pruebe. En dos minutos, vuelve. "Me la quedo. Y también los calcetines y la bufanda". Ferrero asiente y le calcula la cuenta apuntando las cifras en el reverso de un cartón. "Son 39 euros. Encantado". Ahora que sabe que le gusta el marrón, Ferrero podría volver a Bargota en una o dos semanas, puede que un mes. Si la compra ha sido satisfactoria, es bastante probable que hayan establecido un vínculo y Ferrero se convierta en un vendedor habitual para la señora. "Le traería camisetas, medias... Pero está claro que he recorrido más de 60 kilómetros, he invertido un día, y mi ganancia ha sido de 48 euros", lamenta. "Insuficiente". Después de haber vuelto a recoger las prendas en la cubeta, justo antes de volver a montarse en el coche, la compradora vuelve a aparecer. "Voy a casa de mi hermana, que vive aquí al lado a regalarle un par de estos calcetines. Total, por un euro". Simultáneamente, Ferrero sonríe. "Tome una tarjeta para ella. Si necesitan algo, para que sepan dónde estoy".


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