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CRÓNICAS DE ASFALTO FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

El país de los prodigios

Desde la aceituna rellena hasta la fregona, sin olvidarnos del chupa-chups

Actualizada Domingo, 30 de marzo de 2008 - 04:00 h.
  • OPINION@DIARIODENAVARRA.ES

Pero hablemos de cosas más serias. Me di cuenta de que este país iba derecho al progreso el día en que descubrí las aceitunas sin hueso: no es ninguna tontería deshuesar de manera automática las olivas, sobre todo cuando uno se entera de la cansina evolución experimentada en su recolección, donde persistió el vareo hasta hace bien poco. Pero la lata escondía más avances: en lugar del hueso, había anchoa, y eso ya era de nota.

Fue como descubrir la posibilidad de extraer lo malo de cada cual y sustituirlo por alguna delicia, y serían ejemplos aparentes hallar un guardia razonable, encontrar una publicidad honesta, dotarse de un gobierno cumplidor de sus promesas, dar con una ventanilla amable o, por qué no, una recalificación de terrenos correcta., prácticamente la utopía enlatada, de abrir y servir., todo eso, como poco, encerraba la aceituna rellena de anchoa.

De manera que este país, en lugar de escenificar la llegada a la Luna, en vez de hacer frases para la historia acerca de ese gran salto que dábamos (posiblemente, dentro de un garaje de la NASA), de tener que recordarlo cuando la gente se sigue matando cada día o muriendo de hambre (menudo progreso), nuestros cerebros, decía, supieron sujetar los pies a la Tierra, y en un tiempo en el que no era preciso ser aceituna para acabar enlatado, o chapado entre barrotes, aportaron un avance tecnológico del que todavía podemos disfrutar. Astronautas incluidos. La aceituna deshuesada fue, además, la metáfora de un país que había vivido cuarenta años con el hueso dentro.

Cuando el hueso se fue a tomar por el saco, sobre todo al principio, brotaron o rebrotaron los nostálgicos, los muchachos, y los no tan jóvenes, que preferían el país como siempre, con el hueso dentro, y pretendían meter otro para perpetuar la que ellos decían era la aceituna auténtica, la española como ninguna. Pero las buenas gentes habían comenzado ya a probar el saborcillo de la aceituna mezclado con anchoa, un bocadito sin tropiezos desagradables, y dieron en transicionar a todo pasto. Desde entonces, diríamos que la aceituna es la democracia y dentro se instala quien gana las elecciones, que le da el sabor, bien sea picante, bien sea pausado de sosería, e incluso puede resultar un hueso, pero siempre es porque lo han querido los consumidores. Y así, de la manera más trabajada y menos tonta, este país se reencontró a sí mismo de la mano de una aceituna rellena.

Será el primero de los prodigios aquí comentados, pero no el único. Cuando se emprende la carrera de unir fantasía y éxito, no hay meta que valga ni tartán que la frene. Tanto cerebro en Harvard, Princeton o Dupont -esta última universidad, por citar la inventiva de Tom Wolfe-, no dio para algo tan sencillo, a primera vista, como ponerle un palo al caramelo, y tuvo que ser de nuevo este país el que alimentara el progreso e inventara el chupa chups, un negocio redondo, esférico, y un dulce invento imitado en todo el globo. De uno a otro confín.

Finalmente, nos dimos a nosotros mismos el genuino espaldarazo de progreso que la historia, egoísta y clasista, no ha sabido reconocer en su medida. Entre la aceituna y el chupa chups empalado, llegó la fregona. Una vez más, en lugar de perder el tiempo con el genoma de la mosca del vinagre, que te da una tarde de gloria en Estocolmo, aquí se pensó en los sufridos y sufridas trabajadoras, y se le puso honorabilidad al trapo de fregar los suelos. Ahora es muy recurrente hacer gracietas y decir que eso no tiene importancia, pero, con tanto listo desparramado por el mundo, tuvimos que ser nosotros quienes dotáramos a ese harapo, húmedo y pringoso, de un palo que le diera dignidad, a sí mismo y a quienes lo manejan, hartos ya de estar hartos, cansados del excesivo tiempo vivido arrastrándose por el suelo y doblando el espinazo. Fue el Arriba, parias..., en pie famélica legión. aplicado a los humillados y arrodillados de la Tierra(cuantitativamente, muchas más fregatrices que fregadores). Era lamentable comprobar en cualquier escalera o pasillo que, pese a evolucionar la especie desde un jodido mono con tracción a las cuatro patas hasta el homo erectus, la fregona capada, la de arrastre y despelleje rodillero, nos empujaba al vacío, a dar un tremendo paso atrás., nos traía una regresión evolutiva, la pura involución. Y así era, hasta que el palo encajado en el mocho nos devolvió la condición de humanos y nos dejó erectos.

No te dan el Premio Nobel por los palos de la fregona o de los caramelos, ni mucho menos por la aceituna rellena y deshuesada, pero ahí están esos logros, señalando el ingenio de un pueblo que se rebeló contra el que inventen ellosde Unamuno, frase de un mal día, lapidaria e injusta a todas luces en un país cuajadito de prodigios.

Como se ha visto.


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