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JOAQUÍN ILUNDÁIN SOLANO PINTOR

"Los pueblos en que vivimos se han convertido en mini ciudades"

"Aquí paso el tiempo en mi soledad de pintor y cuando salgo al exterior lo hago con el ansia de quien toma una bocanada de aire"

Actualizada Jueves, 27 de marzo de 2008 - 04:00 h.
  • R. A. . ARBEIZA

Dicen que nadie es profeta en su tierra, pero Ilundáin al menos puede presumir de ser uno de los pocos pintores que en vida cuentan con una calle dedicada en la localidad en la que vive, Arbeiza. Para más señas se trata de la calle en que se levanta su casa. Es precisamente este edificio, el palacio de Ursúa, un caserón rehabilitado de tres plantas y 600 m2, la razón esencial que trajo aquí desde sus otros paraísos, Ibiza y Venecia, con los que formó el triángulo decisivo de su vida.

Nacido en Pamplona, el pintor forma parte de un reducido grupo de artistas de oficio y vocación que han buscado recluirse en pequeños pueblos de la comarca para crear. No siempre fue así, tras una infancia más rural su entrada en el mundo del arte le llevó a los lugares que son meca de la pintura en Europa.

Después de tantas ciudades ¿por qué escogió Arbeiza?

Ya había aterrizado antes en Tierra Estella, a la que siempre he estado unido porque mi madre era de Sesma. El día de San Andrés de 1980 llegué a Morentin, donde compré una casa preciosa. Durante mucho tiempo alterné Tierra Estella con Ibiza, donde tuve residencia hasta el año 1995. Pero la de aquí se me quedó pequeña y alguien me habló de un palacio en ruinas en Arbeiza. Vine a verlo y me quedé. Eso fue en el año 1992.

¿Por qué pasar de un pueblo a otro?

No se trataba del lugar, sino de la amplitud. Yo creo que un pintor necesita espacio aunque sea miniaturista. En la pintura está presente la costumbre ancestral de espacios vividos. Para mí el espacio es una necesidad vital, porque necesito moverme, desplazarme. El pintor está muchas horas inmóvil, en tensión frente al lienzo. En mi casa hay dos estudios, uno en la planta baja y otro en la tercera, además de balcón y terraza, lo que me permite ir cambiando de escenario.

Pero sin irse muy lejos...

Aquí estoy cerca de los paisajes que amo: Montejurra, Monjardín, Lóquiz o La Solana. Cuando necesito salir cojo el coche y me voy a pintar fuera. Aquí intento hacer lo que siempre he querido, que es ser feliz y hacer lo que me de la "repotente" gana.

¿No es difícil ejercer como artista en un lugar tan pequeño, alejado de los circuitos comerciales y las galerías?

Nunca he sido demasiado partidario de las galerías y tampoco las he necesitado. Empecé con poco más de 15 años como "benjaminísimo" de una generación como Basterra o Muñoz Sola, lo que me abrió muchas puertas. Para exponer casi siempre he tenido apoyo de instituciones, desde las cajas a otras públicas, que también han sido clientes, porque se puede encontrar un cuadro mío en el Museo de Navarra, pero también en el Parlamento, por ejemplo.

Una casa también puede ser sala de exposiciones...

Ésta lo es, porque tengo un espacio preparado para ello en la planta baja que de vez en cuando abro al público en forma de exposiciones a las que invito a amigos y clientes. Sin embargo, hace algún tiempo que no lo hago.

Pero su palacio se ha convertido también en su santuario. Cientos de libros sobre arte y ciudades, una decoración exquisita y barroca que dice mucho de quien la habita. ¿No es demasiado para uno sólo?

En absoluto. He dejado mucho de mí en esta casa. Con la obra, la rehice de arriba abajo y la amoldé a mis necesidades, aunque después he cambiado algunas estancias de sitio. Yo mismo me ocupo de ella, no tengo nadie que me limpie, por ejemplo. Pero en el momento en que empiezas a dominar una casa, empiezas a ceder.

¿Es usted de los que tienen mucho roce con los vecinos?

Nunca he sido muy aficionado a las fiestas y actos populares, aunque he procurado tener buena relación con los vecinos. Incluso tenía costumbre de rifar de algunas de mis obras en el pueblo. Pero cuando vine no tenía ni un amigo ni un conocido aquí. Había cumplido ya 47 años y a esa edad uno ya esta muy hecho y es difícil cambiarle.

Así que ha adaptado su estilo de vida cosmopolita al campo

De algún modo, sí. En mi casa de Ibiza nunca faltaba una tertulia, una reunión culta. Aquí paso la mayor parte del tiempo en mi soledad de pintor y cuando entro en contacto con el exterior lo hago con el ansia de quien toma una bocanada de aire. Pese a las apariencias soy una persona profundamente extrovertida, de un modo casi patológico.

Ya a estas alturas seguro que no piensa en cambiar el entorno rural por nada

Los pueblos en que vivimos han cambiado mucho y se han convertido en una especie de mini ciudades. La gente que vive en el mundo rural se ha dado cuenta de que son contribuyentes como los demás y han comenzado a exigir unos derechos iguales que los habitantes de las ciudades. No se trata sólo de servicios básicos, como luz o agua, sino que ahora hay un médico, y muchas otras cosas cerca. Con las nuevas tecnologías las diferencias se borrarán aún más.

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