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MONTAÑA RECORDADA DANIEL BIDAURRETA

En Leire (III)

Actualizada Jueves, 27 de marzo de 2008 - 04:00 h.

M IENTRAS bregamos en la cara norte del Monolito, he aquí que en la ladera inmediata de la Sierra se nos ha instalado un montón de chavales, posiblemente seminaristas del monasterio conducidos por algún monje, se conoce que para presenciar una sesión gratuita de circo al aire libre. Me señalan con el dedo, gesticulan y comentan la posible ruta que vamos a seguir.

Nunca había actuado ante una grada llena de espectadores (de haberlo sabido podríamos haber montado abajo una taquilla, siquiera para cubrir gastos, que la escalada es un deporte poco subvencionado). Consciente de mi responsabilidad, asciendo unos cuantos metros sobre una roca de la misma mala calidad que a la derecha bajo una sensación de inseguridad. Y cuando me dispongo a meter una nueva clavija sucede lo que nunca desea un escalador, y menos en plena representación (ahora parece que las cosas son muy distintas y volar es una cosa absolutamente normal): se desprende la clavija que me sostiene y hago un saque, como dicen los escaladores monserratinos cuando el primero de cuerda se va para abajo. Y lo que es todavía peor, el tirón arranca otras dos o tres clavijas (lo que se llama en el argot hacer una cremallera). La cuerda me para después de varios metros de caída, dejándome la cintura dolorida por la violencia del frenazo (en aquella época no se habían inventado los arneses).

El número ha fracasado y el silencio en el respetable es absoluto. Los bulliciosos chavales se callan como por ensalmo. Colgado de la cuerda como un pelele penduleante, con los riñones resentidos, me siento como supongo que se sentirá el trapecista que se ha ido a la red, o peor aún, como el malabarista al que se le caen todos los platillos. Como se ve que hoy los dioses no se muestran clementes, decidimos retirarnos.

En un día más propicio del verano siguiente, con la roca templada, sin viento ni espectadores, volveríamos de nuevo consiguiendo nuestro propósito, con Mikel García como cabeza de cuerda. Desde la cómoda cima del Monolito de Leire, en la que años después colocaríamos un crucifijo que ahora está sobre el cofre que guarda los restos de los antiguos reyes de Pamplona en la iglesia del Monasterio, nos fue dado contemplar las tranquilas aguas azulturquesa del pantano de Yesa, donde navegaban a vela diminutas embarcaciones. Y por el otro lado, muy cercanas, las abruptas laderas de la Sierra donde estarían los jabalíes, libres de la persecución de los cazadores.

Llegados al monasterio observamos nuestro monolito dorado por el sol poniente, nuestro porque habíamos vencido su verticalidad. En la Sierra se respiraba paz y silencio tras una jornada de esfuerzo. El gran peñasco ya tenía una vía navarra.


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