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TIERRAESTELLA

El dulce círculo de las rosquillas de Arróniz

La empresa se ha hecho un hueco en la gran distribución y ha logrado colocar sus rosquillas en toda España

Actualizada Miércoles, 26 de marzo de 2008 - 04:00 h.
  • R.A. . ARRÓNIZ

EL secreto de las rosquillas es que estén siempre frescas", explica Carmelo Osés López de Dicastillo, que asegura que las de Pastas Molinero, de Arróniz, apenas duran seis días en las estanterías de los supermercados a juzgar por el ritmo de los pedidos que les hacen grandes superficies como Carrefour, Sabeco, Eroski o Leclerc.

Molinero es una empresa de toda la vida que ha sabido adaptarse a los avatares de los nuevos tiempos con la especialización, precisamente en las rosquillas. Fue en 1958 cuando Jaime García Ábrego, panadero de Arróniz que acababa de incorporarse a la cooperativa Ega Pan abrió una pequeña fábrica en su localidad para seguir produciendo la repostería casera clásica, como las pastas surtidas, que aún se siguen elaborando, aunque en cantidades mucho más reducidas.

Con el tiempo, el negocio pasó a la segunda generación, Marisol García Ábrego y su esposo Carmelo Osés López de Dicastillo, que acaban de ceder el paso a la tercera, formada por Javier y Chus Osés García.

También el antiguo obrador se trasladó en 1982 a una fábrica de 650 metros cuadrados cercana al polideportivo que ahora empieza a quedarse pequeña. Allí se elaboran cada año 600 toneladas de productos, de las que más del 80% son rosquillas, mientras que las otras dos pastas "estrella" son los llamados roscos de Santa Clara, que se venden todo el año, y los polvorones, más típicos de la época navideña. "Aquí se trabaja como siempre, aunque con los adelantos modernos", explica Osés mientras muestra un fábrica en que algunas máquinas suplen parte del trabajo de los siete empleados.

De hecho, para hacer rosquillas hoy apenas hace falta ya la mano humana. Una amasadora se encarga de mezclar el huevo, harina, azúcar, aceite de girasol, leche y esencia de canela y caramelo. De ahí, la masa pasa a una cortadora, que es la que confiere forma a las rosquillas. Después se sumergen en el tren de la freidora, del que salen doradas, crujientes y listas para comer.

Última tecnología

Antaño, además de amasar, uno de los trabajos más laboriosos era pesar la rosquillas para hacer bolsas con 380 gramos exactos, una labor que ahora hace una máquina de última tecnología. Pese a que el trabajo manual se ha reducido, siempre hace falta la presencia de un repostero que de el toque secreto y que en este caso es José Luis Pascual Echávarri, que lleva en la casa desde los 14 años.

Sin embargo, en el caso de la rosquilla hay pocos misterios. "Es un producto muy sencillo y tradicional, pero hay pocas empresas en España que las fabriquen. Nosotros nos fuimos introduciendo poco a poco en las cadenas de supermercados, que manejan volúmenes muy grandes y por eso el producto tarda poco en venderse. Quizá sea eso lo que gusta al consumidor, que las rosquillas están frescas y por eso vuelven", apunta Carmelo Osés, que etiqueta su producción no sólo bajo el nombre de Molinero, sino también bajo las marcas de algunos de esos distribuidores.

Rosquillas y roscos de Santa Clara comparten los ingredientes y la mayor parte del proceso de fabricación, aunque la gran diferencia es que al rosco se le añade una capa blanca de azúcar y después se hornea.

Otro de los trucos de la empresa son las materias primas, de las que procuran abastecerse lo más cerca posible, ya que los huevos llegan de la cercana Granja Legaria o la harina de Santa Cruz de Campezo. "Así, un huevo puesto ayer puede estar en una rosquilla que llega al supermercado mañana", valora Carmelo Osés.

Sin embargo, precisamente los ingredientes han empezado en el último año a ser un quebradero de cabeza para el negocio, por la subida de las materias primas. "En poco tiempo, el aceite de girasol ha doblado el precio, pero eso no se puede trasladar al consumidor, sobre todo teniendo en cuenta que las grandes superficies hoy aprietan al proveedor al máximo", confiesa Osés.

Después de arduas negociaciones con el productor, los supermercados pueden vender una bolsa de rosquillas a un precio de entre 0,90 y 1,10 euros, según los casos y las regiones.

Por eso la tecnología y la reducción de costes son la esperanza de una fábrica a la que hoy aplican sus conocimientos de ingeniería y administración de empresas Javier y Chus Osés, respectivamente. Una vez que ha dejado en manos de sus hijos la labor del día a día, Carmelo Osés ha pasado a supervisar las tareas de comercialización y a hacer relaciones con los clientes.

Aunque la empresa ha hecho de la venta al por mayor a los distribuidores el camino más seguro para garantizarse el volumen y rentabilidad, aún sigue manteniendo una tienda propia situada en el centro de la localidad, donde pueden encontrarse no sólo las rosquillas, sino también los polvorones y otras especialidades más de antaño como las pastas surtidas. Un aliciente más para la variada gastronomía de la que hace gala Arróniz.


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