C UANDO hace varias semanas recibí la invitación para pregonar el Volatín; y me senté frente al folio en blanco; y cuando comencé a rebuscar entre los recuerdos de mi infancia y me vi aquí abajo siendo un "muete" como muchos de los que hoy están aquí, entendí en cierta manera que yo también he sido un judas., una especie de traidor a mis raíces, a mi ciudad y, en cierta forma, a mi gente.
Yo también un día me despojé de ciertos ropajes, desterré los miedos y los temores, y me marché a Madrid. Allí, el cielo no se ve igual. Hay días en los que apenas se distingue el gris y el azul, y se convierte en una gran masa plomiza que nubla el sentido y acorrala el ánimo.
Y les hablo del cielo de Madrid porque cuando hace unos días me enfrenté a mis recuerdos y me vi siendo un "muete" en esta plaza, descubrí que aquí, en la plaza Nueva, los tudelanos aprendemos a mirar al cielo. Esta es nuestra particular escuela de Astronomía. Y hoy volveremos a mirar a lo alto para ver bailar al ritmo de la traición a ese muñeco de madera que, empecinado, regresa cada año para recordarnos que la traición, incluso la más inocente, tiene un precio: despojados de la ropa y desnudos ante el traicionado, la vergüenza.
Y los niños mirarán al cielo en unos minutos esperando que lluevan balones, y lo observaremos como cada 24 de julio, recorriendo con la mirada una estela de un pedazo de pólvora.
Y miraremos al cielo mañana. Y esto es muy importante, porque mañana, el vuelo del Ángel sobre esta plaza se escribirá en femenino. Mañana, y después de muchos infiernos, ellas van a demostrar que el cielo también es suyo.
En esta plaza aprendí a mirar al cielo; en esta plaza puse los pies sobre la tierra; y en esta plaza, en unos minutos, bailará el Volatín.
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