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CRÓNICAS DE ASFALTO

Vivir con la muerte

Graba el sol a fuego los viejos veranos, y con sedal firme se quedan cosidos a la memoria. Una ráfaga fría, mortal, los arrastra y vuelves a verlos, tan veranos como fueron, tan veranos como nunca serán.

Actualizada Domingo, 23 de marzo de 2008 - 04:00 h.
  • FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE | OPINION@DIARIODENAVARRA.ES

P ERDONEN, pero no me sobra el ánimo. Hace ya unos días se murió un tío mío al que le tenía ley, y poco importa el tiempo transcurrido sin verlo porque hay huellas indelebles en el corazón de cada cual. Los ojos del corazón alcanzan mucho más, y los miopes nos agarramos a ello y agradecemos no tener necesidad de gafas en asuntos interiores. Tampoco es tristeza lo que siento.

No, es algo más chirriante, en parte un sentimiento agrio de desazón, un aldabonazo en la línea de flotación de mi propia historia, una sacudida de torpedo y, a la vez, un pausado y gris parpadeo de luz, una bujía nimbada en extremo por las telarañas de la memoria. Todo muy contradictorio, que, como se ve, soy incapaz de aflorarlo al papel. Perdonen otra vez. Mi tío era de Lezáun y se llamaba Crescencio, dos circunstancias muy difíciles de llevar aunadas, si por separado pudiera considerarse fácil. Era un hombre bueno, de bonhomía, aunque decirlo después de muerto quita el mérito de haber caído yo mismo en la trampa de la rutina obligada, ésa de alabar a los difuntos. No importa, no es el caso, yo hubiera escrito de su bondad siempre, desde que lo conocí, aunque, y ustedes lo entenderán, necesitaba un hecho trascendente, como la muerte, para poder traerlo a este rincón. De pequeño, algunos veranos, me acompañaban desde mi casa a la vieja estación de autobuses de Pamplona, me montaban en Los tres valles, un renqueante autobús de línea, y me mandaban a Lezáun. Suponer que era una manera de quitarme de en medio sería engañarme y engañarles, y no estoy para gastar tinta en esas frivolidades cuando tengo la plena seguridad de la certeza. Era, indefectiblemente, una forma de reducir los quebraderos de cabeza de mi madre, viuda, y, también, de aliviar las cargas. Allí me esperaban Angelita, Salomé, Crescencio y la abuela Mauricia, otra santa que dejaba la mesilla abierta intencionadamente, al alcance de cualquier randa como yo, alguien interesado en requisar las monedas desperdigadas por aquel laberinto escalonado de cajones. Lezáun era, o fue, lo que ya nunca será. No para mí, aunque es posible que haya otros mocosos recorriendo en este momento sus calles y sus montes, sin darse cuenta de lo que tienen, sin apercibirse de que un día, nada lejano, echarán en falta esa despreocupación. Al fin y al cabo somos parte de los ciclos. O no, qué sé yo. Crescencio fue mi valedor, mi coartada, mi excusa, mi defensor, mi amigo. Cuando mis tías me mandaban a la horrible siesta, era él quien me aleccionaba sobre cómo y cuándo escapar, él me dejaba su enorme y pesada bicicleta para ir con los demás críos hasta la Balsa. No te confiaba cualquiera la bici en aquellos tiempos. Un día me caí por perseguir a un perro, y se quedó con el manillar desorientado, mirando a Abárzuza. Al desastre le di más importancia yo que mi tío, célere fabulador de otra caída inventada, en ese caso suya, y responsable personal del estropicio ante el resto de la familia. Había más, mucho más, claro. Con mi tío descubrí la sierra de Andía, entré en las bordas de los pastores, cabañas repletas de quesos, me maravillé ante las simas, donde una piedra remoloneaba un rato antes de llegar al fondo, visité cuevas, vi abrazarse a estalactitas y estalagmitas... Y no es que Crescencio fuese un hombre desocupado, qué va, él tenía sus obligaciones en los trabajos del campo; por eso me admiró tanto, cuando fui consciente, su dedicación. Y su paciencia. Por eso, por su forma de ser, la de un hombre bueno. A veces, también venían las tías de excursión, y recogíamos té, y manzanilla, y fresas en el suelo de la sierra, y hasta me pregunto si es posible que no lo haya imaginado. ¿Fresas? He tenido mucha suerte en la vida, he conocido a gente muy buena, como Crescencio, ya saben de qué hablo, ésa es mi percepción. Ustedes también tuvieron o tendrán sus tíos y tías estupendos, así que ya me entenderán. Para todos ellos, los suyos y los míos, junto hoy estas letras. Recuerdo cómo mi tío prestaba atención a mis tonterías. Una mañana de agosto se murió alguien, y los decesos en los pueblos eran tremendos, el aire olía a muerte, parecía que el pueblo entero estaba en trance, desde las fachadas a los caños de las fuentes, de las personas a los perros... Todo sonaba distinto, a campana herida. Le pregunté a mi tío por qué se moría la gente y, con la licencia de la desmemoria, vino a decirme: Vivimos con la muerte, se mueren personas, animales, plantas, se mueren los días, ¿por qué no íbamos a morirnos? Las cosas inevitables-concluyó- no son problema, no merece la pena darle vueltas. Como la muerte, no le des vueltas.Perdóname, tío, pero no he podido resistir la tentación de darle una vuelta, sólo una, a la muerte, para comprender que a la muerte no hay que darle vueltas.

A 23 de marzo y año 2008, domingo de Resurrección.


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