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MONTAÑA RECORDADA DANIEL BIDAURRETA

EN EL VALLEDE ARÁN

Actualizada Jueves, 20 de marzo de 2008 - 04:00 h.

D esde el alto de la Bonaigua (que vale como decir la Buena Agua), se puede ascender con bastante facilidad a una montaña que tiene un nombre tan pallarés como Cap del Muntanyó dŽÁrreu, rematado en un caótico amontonamiento de grandes bloques de piedra por los que hay que trepar con cuidado.

Se ve una enorme extensión del Pirineo Central, desde el macizo de la Maladeta a la izquierda hasta La Pica dŽEstats a la derecha, justo donde empiezan las primeras cumbres orientales que alcanzan los tres mil metros de altura. Al norte está el país del Ariege, un tanto inhóspito, con no muchas cumbres propicias para la escalada. Allí se descubre entre un sinfín de picos una provocadora silueta piramidal que durante siglos atrajo las miradas de los viajeros que pasaban entre España y Francia: es Mont Vallier, una montaña con leyenda piadosa en esta vieja cadena pirenaica desde que en el siglo V -según tradición que nadie osaría desmentir- subió hasta su cima Saint Vallier, que en castellano se dice San Valero y en catalán Sant Valeri, venciendo las dificultades de una montaña de 2.880 metros en aquella remota época.

En la nuestra, alpinistas de valía han abierto en ella vías diversas, alguna de extrema dificultad, emulando así la audacia del santo cuando subió por el camino más fácil, que no tiene grandes problemas para un montañero del siglo XXI. Pero el lector debe hacerse cargo de que en aquella lejana época la montaña estaba poblada de osos, lobos y bandoleros en medio de bosques impenetrables. Es más, había dragones, incluso del género volador que podían salir echando humo desde lo profundo de algún lago. Sonríase el lector, pero esto exactamente es lo que le pasó al mismísimo rey de Aragón Pedro IV, cuando en el año de gracia de 1.285 tuvo el atrevimiento de intentar la ascensión de otro monte mítico del Pirineo, el Canigó, en compañía de varios caballeros que quisieron demostrar su coraje acompañando al rey en tan arriesgada empresa, compartiendo los peligros de la real aventura. El terrible animal salió del centro del lago arrojando humo y fuego por sus fauces, dio una vuelta alrededor del grupo y terminó internándose de nuevo en las oscuras aguas. Escrito está.

Eran los tiempos de un montañismo mágico, mucho más heroico, dónde va, que el de aquellos pioneros del siglo XIX bajo los auspicios de un Romanticismo que buscaba paisajes desconocidos y naturalezas salvajes. Así se hablaba de sublimes precipicios y de salvajes gargantas, que los arriesgados viajeros contaban a su vuelta a sus maravillados compañeros de balneario. Pero nunca vieron dragones de ninguna clase. Hoy las cosas ya no son ni tan fantásticas ni tan románticas.


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