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INTERNACIONAL

Un sobre lleno de balas

La familia Askouri, de Nayaf cuenta cómo ha cambiado su vida en los cinco años que han transcurrido desde que empezó la guerra. Ahora, dicen, viven como refugiados en su propio país

Actualizada Miércoles, 19 de marzo de 2008 - 04:00 h.
  • MERCEDES GALLEGO . ENVIADA ESPECIAL DE COLPISA/DIARIO DE NAVARRA

Asus 64 años, el físico nuclear Najim Askouri se ha visto arriba y abajo de la ola varias veces. El antiguo jefe de investigaciones nucleares de Sadam Husein tuvo que buscar trabajo en una universidad de Libia cuando empezó a criticar al régimen en 1998. Si se creyó la ilusión de que la invasión americana le permitiría volver a vivir tranquilamente en su hogar, se equivocó. «Ahora soy un refugiado dentro de mi propio país», se lamenta.

Lo dice desde Nayaf, capital religiosa del mundo chií, a la que ha tenido que volver desde que Al Qaeda decidió separar a tiros suníes de chiíes. «A mí mujer no le gusta vivir aquí porque no soporta vestir la abaya (un largo manto negro que descansa sobre la cabeza), se le enreda en los pies al conducir».

No tiene opción. Vivir bajo el luto de la abaya o morir en Bagdad. Se resistieron cuanto pudieron a la segregación religiosa que empezó en su barrio de Al-Hadrás un año después de la invasión. Pensaron que les salvaría el apoyo de sus amigos suníes pero les desbordó el baño de sangre. Cada día las calles de Bagdad amanecían regadas de cadáveres sin identificación. Los familiares de los que no habían llegado a casa por la noche tenían que peregrinar por las morgues para ver las caras de docenas de cadáveres en busca de su ser querido, que podían no aparecer nunca.

Un día se encontraron clavado en la puerta un sobre lleno de balas, una por cada miembro de la familia que vivía en la casa. «Todos los chiíes tienen que marcharse», decía la escabrosa misiva.

Sueño envenenado

La sonrisa amable de Farked Askouri, su hijo de 26 años, se tiñe de rencor cuando tiene que recordar ese hogar del que no pudo ni sacar su guitarra. «Encontré a la mujer de mi vida y me casé con ella. Construimos nuestro nido de amor en el segundo piso de la casa de mis padres. Mis amigos suníes nos escoltaron hasta allí el día de la boda, tocando el claxon para que todos supieran que éramos amigos, pero a los tres meses nos tuvimos que marchar».

Era el fin de su sueño envenenado para quien no ha conocido en su vida más que la guerra. Nació en 1982, dos años después de que Sadam Husein invadiese Irán para saldar deudas históricas y abortar las revueltas chiíes que creía ver fraguarse. El desgastador conflicto se prolongó ocho años hasta que ambas partes estuvieron exhaustas. A eso le siguió pronto la invasión de Kuwait, y lo que fue peor, 13 años de embargo.

Los redobles de tambores que todo el mundo oía en Occidente cuando George W. Bush amenaza a Sadam Husein sonaban huecos en Irak. «Creíamos que Sadam era un poquito, sólo un poquito más inteligente», dice Farked con una sonrisa amarga. Hace ahora cinco años que en su universidad suspendieron las clases y dejaron marchar a los estudiantes entre rezos y abrazos emocionados, pero no se creyeron que la invasión fuera un hecho hasta ese 7 de abril en el que se encontró los tanques estadounidenses a la puerta de su casa, en ese barrio cercano al aeropuerto que fue el primero en caer. «¡Estábamos tan contentos de verlos!», recuerda. «Pero todo fue mentira. Pensábamos que a partir de ahí la vida sería más fácil para los iraquíes y nos equivocamos».


Comentarios
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  • Pues según Ansar, perdón Aznar, la situación en Irak "ahora es buena"Ansar

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