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MÚSICA FERNANDO PÉREZ OLLO

El ejemplo de un coro

Actualizada Miércoles, 19 de marzo de 2008 - 04:00 h.

E S difícil para nosotros hoy escuchar una Pasión de J.S.Bach como deberíamos hacerlo. Oyentes de concierto o de disco, vemos en ella, por encima de todo, una obra musical, cuando fue concebida como un instrumento del culto. Para los católicos, la lectura cantada de la Pasión es elemento de la misa del domingo de Ramos o del Viernes Santo.

En 1729, para un luterano de Leipzig -en el que la menor alusión a una melodía de coral provocaba un reflejo hoy atenuado o desvanecido- era esencial en el oficio vespertino del Viernes Santo y sus dos partes enmarcaban el sermón". Son las diez líneas primeras de la Introducción que Jacques Chailley puso a su minucioso estudio Les Passions de J.S.Bach (primer semestre de 1963). Los cuarenta y cinco años corridos desde aquella primera edición han acrecentado sin duda la difusión y también la recepción musical de este oratorio, que escuchamos en salas de concierto, despojado de todo sentido litúrgico. Entre la primera y la segunda parte, en lugar de sermón, charlamos con amigos y tomamos un vaso. Estamos de acuerdo en la genialidad musical de Bach y nos trae sin cuidado la consistencia de su doctrina, como si Pasiones y cantatas fueran "obras musicales con pretexto religioso", según definieron los Zwang. Los libretos deben no poco a la retórica del momento, pero el Cantor de la iglesia lipsiense no vio nunca en su arte más que una forma de su pensamiento luterano, como insiste y explica Jean-François Labié en el capítulo séptimo de Le visage du Christ dans la musique baroque (1992).

Sin embargo, la del sábado resultó una estupenda velada, con la versión plausible de la Matthäuspassion, una de las obras cumbre en la historia de la música. No fue un oficio litúrgico, claro está, pero los intérpretes trascendieron la música y crearon un clima religioso, recogido y emocionante, acendrado en los pasajes esenciales y de modo especial en la Crucifixión. Cantantes e instrumentistas -éstos, espléndidos y abrumadoramente jóvenes- sirvieron a la partitura, trabajaron al servicio de la obra y de su intención final, que Bach tenía como lema: Soli Deo gloria. No siempre ocurre. Quizá esa actitud pesó en los oyentes, cuya reacción superó de largo la habitual en nuestro Auditorio.

Si hubiera que destacar algo, sin duda deberíamos señalar el comportamiento ejemplar del doble coro, 33 cantantes en el primero, 36 en el segundo, exactos en la entrada y colocación, inmóviles luego, apenas sentados un cuarto de hora a lo largo de los ciento sesenta minutos que dura esta Pasión. Tal disciplina es más admirable, si se piensa que en las dos primeras filas de cada bloque había niños de muy corta edad. Pero no parece menos envidiable que muchos de los niños y jóvenes dieran toda la obra sin partitura, de memoria, libres de dudas. Dato en absoluto despreciable. Tampoco lo fue la puesta en escena de las solistas, su lenta, elegante y respetuosa manera de moverse para colocarse en las arias con acompañamiento instrumental obligado.

En los veinticinco números que lo exigen el coro intervino con flexible propiedad, claridad de líneas y el desequilibrio propio de voces muy jóvenes, aún sin formar en tenores y barítonos. La luminosidad de las voces blancas, restallante, resta fuerza expresiva a las intervenciones como turba iudaeorum, pero no en los corales. ¡Cómo no recordar, por ejemplo, el "Ich will hier bei dir stehen", número 23 de la partitura, la manera de cantar con unción, a flor de labios, y de unir los versos, o la fuerza del doble coro final, "Wir setzen uns mit Tränen nieder", triunfo de la fe sobre el dolor de la muerte! Los chicos de Windsbach dieron una lección de técnica coral y de música. Y la orquesta, también.

Los solistas tuvieron en común con el coro el dominio de la obra y la pobreza de graves, manifiesto en Jesús y también en mezzo y barítono. Pero la soprano cantó con vuelo y voz limpia, sin vibrato ni excesos, su "Aus Liebe will mein Heiland sterben", la mezzo se produjo con mucha dignidad y destacó en el abatimiento del "Erbarme dich, mein Gott" -apagado el violín solista-, y las voces masculinas cumplieron con holgura, salvo el Evangelista, uno de los grandes intérpretes de este papel, estupendo en la intensidad y línea de los recitativos, básicos en la obra.

Tarde que se presta a pensar.


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