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TOROS BARQUERITO

Una soberbia faena de Ponce

Actualizada Martes, 18 de marzo de 2008 - 04:00 h.

A un raro y nada sencillo toro de Las Ramblas le cortó Ponce una oreja y casi dos. La mejor de su firma en Valencia en mucho tiempo. La más de verdad. De las que en Valencia se premian con dos orejas y no con una. Un armonioso toro castaño lombardo de Salvador Domecq.

Virtudes y defectos tuvo. De éstos el más llamativo fue su manera de mirar. Lo hacía torciendo la cabeza. No fue, con todo, ni incierto ni propiamente distraído. Entera aguantó en un palmo y entra rayas una larga faena de mucho y duro empleo por abajo. Pronto en los ataques, no se resistió a toques ni enganches.

El toro encontró en Ponce la horma de su zapato. A un Ponce finamente dispuesto a todo. Se trataba, y eso pasó, de someter al toro. Fue, en realidad, un trabajo de ciencia y riesgo mayores. Pero de una fluidez particular: había que estar pendiente del toro, que obedecía, sí, pero sólo a engaño puesto en el hocico y sintiendo dentro del propio terreno la presencia del torero. La faena fue de una precisión y una limpieza exquisitas, antológicas.

Ponce descubrió que el toro iba a servirle en la primera tanda que le pegó con la diestra. Al rematar Ponce con un cambiado, el toro claudicó. Ponce suavizó la dosis en la segunda serie, pero ya era dueño de la cosa. Le perdió al toro no el respeto pero sí el miedo o lo que fuera. Se confió del todo. Y encima tuvo la idea espléndida de cambiarse de mano.

Una vez ganado el pulso, la faena ganó en caligrafía lo que perdió en tensión. Una rueda de peones y el toro se vino inesperadamente a tablas a doblar y morir. Imponente el clamor. El palco se enrocó por alguna razón y dejó sin segunda oreja la faena. Una racanería. La anécdota fue, por lo demás, que Ponce brindara el toro de su cumbre al mayor de los ocho nietos de los Reyes de España.

El toro de la corrida fue con diferencia el tercero. "Fogonero", castaño listón. 505 kilos. Claro, alegre, con pies, picante pero muy noble. Sólo que adelantaba ligeramente si no venía enganchado. Toro para estar cruzado y no al hilo ni por fuera. Bravo. De todo un poco en una surtida faena de César Jiménez, abierta en los medios con aparatoso cambiado por la espalda y rota luego en dientes de sierra: muletazos sueltos y encorsetados dentro de una misma tanda, cambios de velocidad. Bueno el oficio de César. Un pinchazo y media estocada. Una oreja. El mismo premio que iba a tener luego Ponce.

Ponce no anduvo ni inspirado ni entregado ni a gusto con el primero de la tarde. Pero perdió con él una infinidad de tiempo. Perdió, además, pasos. Se tuvo que asir al lomo en varias bazas. No humillaba el toro, ni se paraba ni echaba adelante. De pasar página. Dos avisos para Ponce. El primero, antes de entrar a matar. Con la suerte de espaldas, El Cid se llevó el toro más deslucido de la corrida, un quinto rebrincado, flojo y sin fijeza, y un sobrero, segundo bis, mugidor, descastadito, sin viajes ni fondo. De estocada tendida despachó El Cid al sobrero y de una excelente estocada al quinto. El sexto entró en el cupo de baja nota. Deslumbrado, éste sí que fue un toro mirón de verdad. Y, además, incierto, que tomaba los engaños pellizcándolos o queriéndoselos escupir. Estuvo exageradamente porfión César Jiménez.


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