Pese a sentirse incómodos con el balón, los rojillos lanzaron dos disparos al travesaño por medio de Cruchaga y Kike Sola
¿Fútbol? ¿Qué es eso? Cuando un equipo se está jugando el tipo y sabe que el agua le subirá al cuello si tropieza, no le queda otro remedio que ser práctico, mantener su edificio desde los cimientos y llevarse a casa otro merecido premio al trabajo. Osasuna ratificaba ayer en Valladolid su buena salud defensiva para descomponer al rival y colocaba un nuevo ladrillo en el muro de una permanencia que cada vez tiene mejor pinta.
El punto, de todos modos, no le librará de jugar la enésima final de turno dentro de una semana.
Navarros y pucelanos libraron una batalla pura de respeto para que nadie cogiera el timón. Era mejor dejar para otra tarde las triangulaciones, juego de primer toque y contragolpes, porque asumir un riesgo de más hubiera podido dar al traste con un esfuerzo realmente encomiable.
Osasuna entendió que la mejor forma de puntuar en Zorrilla era jugar compacto y sin fisuras, a la espera de que cayera alguna ocasión. Hubo pocas, pero fueron de verdad. En cada tiempo, Cruchaga y Kike Sola se repartieron sendos remates al travesaño que pudieron dar el triunfo. No fueron balas de fogueo.
La opción de la estrategia
A Osasuna le costó sobre manera mantener sus posesiones en la primera parte, una situación demasiado arriesgada y determinada por las características de la pareja de pivotes de ayer. Con Astudillo y Javi García, los problemas no iban a llegar en los balones aéreos ni en la contención. Las dificultades saltaron a la vista por no poder canalizar el juego, oxigenar el fútbol al espacio y enlazar con la línea de ataque. Por esto, no funcionaba Osasuna, asfixiado por un Valladolid que le dejó sin ideas al acumular a tres hombres en el centro del campo, Diego Camacho, Álvaro Rubio y Vivar Dorado.
Ante tal panorama, los rojillos se adentraron por el siempre interesante camino de las jugadas de estrategia. Y en este caso, como hace una semana, Cruchaga se convirtió en su gran rematador. Su prematuro aviso, ya en el minuto 2, era de fuego. Plasil, espléndido ejecutor, lanzó un saque de esquina que el capitán remató al larguero. Veinte minutos después, el central confirmaba su fe ciega en estas acciones al cabecear, solo, por encima del larguero.
También el contrario acechó en este periodo. En una de las pocas concesiones que se le hizo, Llorente puso a prueba a Ricardo; y en la oportunidad más clara, Vivar Dorado mandaba alto en el segundo palo un disparo con la portería para él. Era el minuto 17, el momento en que el Valladolid entregó las armas y firmó su rendición ofensiva.
Juanfran, revoltoso en los minutos previos al descanso, se quedó en la caseta en la segunda parte. Salió Héctor Font. Ziganda quería apagar esos peligrosos indicios de incendio con alguien que se ofreciera a la pelota y diera más profundidad y sentido a un juego en muchas fases de balón en largo. Osasuna se encontró más cómodo con él, y después de un disparo de Plasil desde la frontal que salió fuera, rozó el 0-1 con una volea de Sola en el área que pegó en el larguero cuando se cantaba el gol. El partido recuperó su cara fea en los últimos veinte minutos, cuando ambos equipos acordaron como amigos la paz. El domingo, otra guerra.
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