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MILLÁS Y EL MUNDO JUAN JOSÉ MILLÁS

Sólo fumo en presencia de mi abogado

Establecí esa asociación entre el catarro y la culpa hace años, en la consulta de mi psicoanalista

Actualizada Lunes, 17 de marzo de 2008 - 04:00 h.
  • OPINION@DIARIODENAVARRA.ES

N O tenemos ni idea de cuánto dura un catarro. Ni cuánto un ataque de culpa. Ni siquiera sabemos cómo se cogen unos y otros. Hay gente que va a cuerpo todo el invierno sin constiparse y personas acorazadas que empiezan a moquear en octubre y no paran hasta la primavera. También hay quien, sin hacer daño a nadie, vive en un sobresalto moral permanente y quien duerme a pierna suelta tras haber bombardeado a la población civil de una ciudad indefensa.

Por mi parte, establecí esa asociación entre el catarro y la culpa hace años, en la consulta de mi psicoanalista. Sucedió, como todo, por casualidad. El caso es que había dejado de fumar para mejorar mi salud pulmonar, y a los dos días de tomar una decisión tan cruel para mis intereses literarios me resfrié. No podía comprender que el cuerpo respondiera de este modo al hecho de haber abandonado el tabaco y así se lo expliqué a mi psicoanalista.

-Quizá esté usted buscando, de manera inconsciente, una excusa para volver a fumar -dijo ella.

Lo cierto es que al salir de la consulta me fumé un par de cigarrillos seguidos. Al día siguiente se me había quitado el catarro, pero me sentía culpable de haber caído de nuevo en el vicio. Parecía que estaba condenado a vivir con la culpa o con el catarro. Así lo expresé durante la siguiente sesión, mientras observaba una mancha en el techo de la consulta.

-O culpable o acatarrado. Parece que no tengo salida.

Mi terapéuticas intentó explicarme que el tabaco no podía haberme quitado el catarro, a lo que contesté que sí. He combatido toda mi vida la tos con un Marlboro. No digo que el tabaco no dé cáncer, no soy tan insensato, pero tiene virtudes terapéuticas para el resfriado común (y para la literatura). Mi psicoanalista se rió. No la vi reír porque el diván estaba colocado de tal forma que me resultaba imposible verle la cara, pero escuché claramente el sonido de su risa. Pregunté de qué se reía y dijo que se había limitado a carraspear. Distingo una risa de un carraspeo, dije, no trate de engañarme. ¿Quién está tratando de engañarse?, preguntó ella.

Llevaba razón. Iba a aquella consulta para combatir la culpa, no para averiguar si ella se reía o carraspeaba. Lo que sucedió es que al poco de empezar la terapia salió a relucir el asunto de catarro y me pregunté si podía curarme también allí de la tendencia a resfriarme para matar dos pájaros de un tiro. Cogía tres o cuatro catarros al año que, sin anularme absolutamente, me impedía llevar una vida normal. No podía besar apenas, por ejemplo. Por aquella época, yo besaba mucho, pero no está bien visto besar con catarro. De nada me servían las vacunas anticatarrales, ni los remedios de parafarmacia (tomaba cantidades industriales de equinácea), ni el gorro de lana con el que salía a comprar el periódico. Con los primeros fríos llegaban también los primeros mocos. Había leído en una revista que la tristeza predispone al catarro y yo era una persona triste. Tal vez, pensé, combatiendo la pena se me quitaran los catarros.

-¿Y por qué es usted una persona triste?- preguntó mi psicoanalista.

-Porque se siento culpable.

-¿Culpable de qué?

-De todo, incluido el calentamiento global.

-¿Qué tiene que ver usted con el calentamiento global?

-El otro día arrojé a la basura unas pilas agotadas del mando a distancia de la tele. Sabía que no se deben tirar a la basura, pero lo hice por pereza. Además, no reciclo.

-¿Por qué no?

-Por maldad.

-¿Es usted malo?

-No lo sé, el caso es que no reciclo ni cuido el medio ambiente.

-¿Piensa que si corrigiera esos excesos se acatarraría menos?

-Yo no vengo aquí a combatir el catarro, sino la culpa.

-Pero ha sido usted quien ha establecido la asociación entre una cosa y otra.

Todos nuestros diálogos eran así. Nos pasábamos la terapia haciendo círculos viciosos. Finalmente, mi psicoanalista se trasladó a Valladolid recomendándome a un colega con el que ni siquiera llegué a establecer contacto telefónico. Desde entonces, combato la culpa con el catarro, y el catarro con la culpa. Cuando estoy acatarrado, no me siento culpable. Cuando me siento culpable, no estoy acatarrado. De este modo, voy tirando, como la mayoría de la gente. En cuanto al tabaco, sólo fumo en presencia de mi abogado.


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