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ETCÉTERA

Hipocresía

Actualizada Lunes, 17 de marzo de 2008 - 04:00 h.
  • TOMÁS YERRO

E N Nueva York y en Palma de Mallorca cuecen las mismas habas de la condición humana, propensa a la hipocresía. Primero fue Eliot Spitzer, cliente habitual de un burdel de campanillas. La cosa habría pasado desapercibida de no ser por su condición de gobernador demócrata del estado de Nueva York, caballero casado de 48 años y con tres hijos y, para colmo, ex fiscal general del estado obsesionado con la lucha contra la prostitución, hasta ahora jaleado como un héroe.

Pocos días más tarde nos enteramos de que el ultracatólico Javier Rodrigo de Santos, con 42 años, casado y con cinco hijos, ex concejal de urbanismo del PP en la capital insular, se había gastado entre 2005 y 2007 la suculenta suma de 50.804 euros en consumiciones y servicios en clubes sexuales de ambiente gay a cargo de una visa plata municipal. Movido por sus creencias, se había negado a celebrar bodas de homosexuales, había participado en Valencia en las concentraciones con el Papa en 2006 y, fervoroso él, había llevado en procesión el paso de la Virgen del Remei en El Molinar.

Está claro que a de Santos se le imputa el delito de malversación de caudales públicos y que su comportamiento puede considerarse falto de ética y moral o fruto de la habilidad para divertirse con faldas y a lo loco, allá cada cual con sus juicios. Lo que nadie le perdona es que haya gastado el dinero de todos en sus juergas particulares. Spitzer, en cambio, ha caído del pedestal de los varones ilustres porque a los políticos la sociedad norteamericana -puritana selectiva- les exige una conducta personal intachable y no les pasa ni una sola de las flaquezas humanas, y mucho menos las que tienen su asiento y movimiento en la entrepierna. Los votantes españoles y norteamericanos parecen ser más condescendientes con la gula y los incontables almuerzos de trabajo de los barandas, no siempre ni mucho menos justificados, que con sus canas al aire. Hipocresía pura. No sé si el Vaticano ratificará la lujuria de Spitzer y de Santos en la categoría del viejo pecado capital o le buscará un hueco entre los nuevos pecados sociales proclamados esta semana. ¿Quizá ampliación de la brecha entre ricos y pobres? ¿Acumulación de riqueza excesiva? ¿Contribución a generar pobreza? ¿Contaminación del medio ambiente? Doctores tienen la Iglesia.


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