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Volver a la vida, tras un grave accidente

Actualizada Domingo, 16 de marzo de 2008 - 03:59 h.

A Rosa María Álava Echeverría, de 52 años, todavía le lloran sus ojos verdes cuando recuerda cómo le ha cambiado la vida. " He sido una mujer que todo me lo ha hecho mi marido y de repente soy yo la que tengo que ocuparme de todo. Ha sido lo más gordo que me ha pasado en la vida", recuerda, con voz entrecortada. Han pasado seis años desde el accidente que dejó a su marido Antonio Aldea Rodrigo , que tiene ahora de 59 años, en silla de ruedas y sin expresión en el rostro. Aldea salía de trabajar de la cafetería Rumbos de Pamplona, (cerca de Hospitales) con su moto, cuando un joven lo arrolló en las inmediaciones.

La casa para Rosa Álava ahora es más grande. Ha tenido que sacar adelante a sus tres hijos. Uno de ellos ya está casado, pero al pequeño, que ahora tiene 16 años, le está sobreviniendo ahora todo lo que ha arrastrado durante estos seis últimos años. Para esta mujer, el centro de desahogo de Adacen en Mutilva Baja, especializados en personas afectadas por daño cerebral, es un respiro. Sabe que Antonio va a estar bien y puede dedicarse a hacer las compras o a darse un paseo. "Ahora, él también me suele ayudar cuando le levanto. Entiende, pero al rato se le va. Mi nombre no le sale siempre, y a veces me llama mamá. Cualquier evolución es muy agradecida", reconoce.

Aldea comparte los recursos que Adacen pone a disposición de los afectados con otros muchos. Uno de ellos es Gorka Herrera Torres, de 31 años. Cuando su padre, José Luis Herrera Zubeldía, de 56 años, se acerca, tiene que pedirle que se tranquilice ya que se altera ante las personas que no conoce. Gorka sufrió el traumatismo craneoencefálico a los quince años. El joven salía de estudiar, hizo autostop con otros tres compañeros y el coche sufrió un accidente. Su padre cuenta lo sucedido muy sereno, pero su rostro disimula lo que lleva por dentro: "La gente te ve tranquilo y dice: " Lo has superado". No es verdad, no lo he superado. Pero me ha tocado y tengo que vivir con ello", comenta con serenidad.

Burgo Chavarri Martínez, a sus 42 años, hace grandes esfuerzos por vocalizar cada palabra. No ha perdido la coquetería que desarrolló cuando era dependienta en una tienda de ropa: "Esta blusa me la ha regalado mi hermano Rafa", se hace entender, entre gestos y palabras.

El accidente que sufrió, cuando iba de copiloto en un coche, le dejó en una silla de ruedas. "En el ordenador le aparecen una serie de palabras. Ella va leyendo lo que pone y así trabajamos la voz juntas, ¿verdad Burgo?", le pregunta su logopeda, Loli García Castro, de 30 años. Se conocen desde hace siete años y su complicidad es palpable.


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