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SOCIEDAD

La villa de San Adrián

En 1696 el marqués pleiteó con la iglesia porque le había retirado la silla y la almohada que tenía reservadas en la parroquia

Actualizada Domingo, 16 de marzo de 2008 - 04:00 h.
  • TEXTO Y FOTOS: JOSÉ A. PERALES

San Adrián fue una atalaya medieval que vigilaba la frontera del ebro. En torno a ella creció a partir del siglo XVI un barrio conocido como la Villa, con su típico palacio renacentista y su iglesia barroca.

Airosa y descarada, como una moza riberana, la torre de la iglesia de San Adrián se deja ver en lo alto de la colina con su perfil barroco. Su figura se divisa sobre todo desde Calahorra, al otro lado del Ebro. En este río ancho, cubierto antaño de espesos sotos, estuvo durante siglos la frontera entre Navarra y Castilla (hoy comunidad de la Rioja).

La visita de doña Urraca

Cuenta la historia, teñida de leyenda, que cerca del Ebro junto al camino que conducía a la barca, había una ermita dedicada a San Adrián de Palmas, y que este santuario fue visitado en el siglo XII por doña Urraca, a la sazón infanta de Navarra, quien sanó aquí de una enfermedad de la vista. En agradecimiento, la hija de Alfonso VII de Castilla - luego reina de Navarra- favoreció al templo con tierras y otras posesiones. Se dice además que en aquella donación incluyó las famosas reliquias de los santos mártires ("procedentes de las catacumbas de Roma"), las cuales se veneran todavía en la moderna parroquia de San Adrián.

También consta en diversos documentos que en lo alto de este pueblo, hubo un castillo que vigilaba la frontera del Ebro. Fue construido en el siglo XI, y estuvo vigente - como fortaleza militar- hasta la conquista de Navarra ( 1512) , en que pasó a tener un uso residencial.

Ya en el siglo XV, el señor de San Adrián -luego marqués del mismo nombre- disfrutaba las rentas de la tabla (aduana) y del puerto seco (barca), ubicados en el lugar aproximado donde hoy están los puentes. Paralelamente, la iglesia tenía también sus ingresos procedentes de las tierras e impuestos (diezmos y primicias) que cobraba a los vecinos. Si a esto unimos la importancia que tuvo el contrabando en la frontera del Ebro en los siglos siguientes a la conquista, se comprende el esplendor relativo que llegó a tener San Adrián entre los siglos XVII y XVIII.

A esa época corresponden precisamente la construcción del palacio del marqués de San Adrián (s. XVII) y de la parroquia. Esta última se empezó a levantar en el siglo XVI sobre un templo anterior del que no quedan restos, y se culminó a finales del XVIII, con la ampliación de la fachada y de la torre.

Como vemos en la foto antigua que ilustra el reportaje, en la primera mitad del siglo XX, el entorno de la iglesia y del palacio conservaba todavía su aire tradicional. Conocido popularmente como la Villa, este barrio alto constaba de dos calles estrechas, y empedradas, en torno a las cuales se arracimaban las casas de los vecinos", dice Jesús Marco, autor de varios trabajos sobre la historia de San Adrián. "La mayoría eran edificios populares de ladrillo, en los cuales se concentraban los numerosos miembros que tenían las familias de entonces".

Aunque hoy, llevados por la nostalgia, podamos verlo como un lugar con cierto encanto, lo cierto es que el barrio de la Villa - con accesos difíciles y deficientes servicios- se había convertido ya en los años setenta en un espacio bastante precario. Ello unido a la edificación de casas nuevas en la parte llana, y a la mentalidad desarrollista de la época, hizo que el barrio de la Villa acabara de desmoronarse. Un hito importante en este proceso de abandono del casco antiguo fue el traslado del culto a la nueva parroquia construida y donada al pueblo por el industrial Celso Muerza en 1968. A partir de entonces, la iglesia barroca quedó como una simple ermita, y el deterioro de la Villa se aceleró.

Hoy, la Asociación de Amigos de la Historia de San Adrián, se ha propuesto restaurar la iglesia antigua, como un primer paso para recuperar también la memoria histórica del pueblo. Para ello, se ha creado la fundación Iglesia Antigua, y se ha editado una revista cultural (Palma), dedicada a divulgar la historia local. Tras la restauración de la iglesia, la asociación pretende contribuir a la rehabilitación del antiguo palacio del Marqués de San Adrián (hoy en manos privadas) y diseñar alguna estrategia urbanística que permita recuperar el conjunto de la Villa. Ello implica también poner en valor su espléndido mirador sobre la antigua frontera del Ebro.

Historias del marqués

Una de las cosas interesantes que ha descubierto Jesús Marco mirando en los archivos, guarda relación con la historia del marquesado de San Adrián y la vinculación de éste con el pueblo de donde le viene el nombre. Según dice, el marqués residía habitualmente en Tudela o Monteagudo, y rara vez venía por San Adrián, donde tenía como administradores a la familia de Marichalar. No obstante, en el archivo diocesano hay constancia de algunos de pleitos curiosos que mantuvo el noble con la iglesia del pueblo. "En 1696, concretamente, don Joaquín de Magallón y Beaumont, señor de la Fortaleza y castillo de San Adrián presenta una demanda contra el Abad y beneficiados, porque le han quitado el asiento, la alfombra y la almohada de que disfrutaba en la capilla mayor de la parroquia", recuerda Marco. Era una manera de quejarse por el olvido de algunas preeminencias o privilegios que tenía el marqués, y que se van perdiendo a veces por falta de uso. "Quizás la primera merma de la influencia económica del marqués fue la recuperación por parte del rey de las rentas de la aduana en el siglo XVIII. Por eso, no le dolieron prendas al marqués a la hora de defender el traslado de las aduanas al Pirineo en 1841. Todavía le quedaban las rentas del puerto seco ( paso de la barca), y las de las tierras que tenía en el municipio".

Otra noticia curiosa es la que hace alusión al castillo de San Adrián. Como hemos visto, tras la conquista de Navarra, aquel dejó de utilizarse como fortaleza militar y pasó a tener un uso residencial. Sin embargo, al edificar el marqués la nueva casa-palacio en el siglo XVII, la vieja torre -que estaba adosada al antiguo palacio - fue deteriorándose, hasta quedar completamente arruinada en el siglo XIX. Ya entonces, las piedras del castillo resultaban atractivas para los románticos buscadores de oro. Así se desprende al menos de un documento fechado el siete de abril de 1855 en el que el marqués de San Adrián concedía permiso a siete personas del pueblo, para excavar aquellas ruinas en busca de un tesoro. En realidad, se trataba de un convenio, en el cual se pactaba que de aparecer algo de valor, sería distribuido a partes iguales. Finalmente, no hubo nada que repartir porque debajo de las ruinas, solo encontraron tierra.


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