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CULTURA Y SOCIEDAD

Alimentos con objeción de conciencia

Un Centro de Control de Calidad contrasta con técnicas como el ADN si los etiquetados de los productos son reales

Actualizada Sábado, 15 de marzo de 2008 - 04:00 h.
  • RAFAEL HERRERO. . COLPISA. MADRID. .

Los productos (alimenticios, prendas de vestir u otros) también tienen su particular cláusula de objeción de conciencia. Sus componentes deben figurar claramente en el etiquetado, para que los consumidores elijan si los compran en función de sus convicciones éticas, religiosas, personales o conservacionistas.

En una sociedad española cada vez más globalizada, los derechos de los consumidores se expresan también en la elección de los productos y en que dispongan de información real de sus contenidos.

Para verificar que cada producto cumple con lo descrito en su etiqueta ejerce como ángel guardián el Centro de Investigación y Control de la Calidad (CICC), dependiente del Instituto Nacional de Consumo. Sus expertos contrastan con las técnicas más vanguardistas (análisis del ADN o RNA, de las proteínas, o técnicas físicas como la microscopía electrónica) que los contenidos responden a la verdad. Por sus manos pasan todos los artículos o alimentos bajo sospecha, recordó ayer la directora general de Consumo, Ángeles Heras, con motivo de la celebración, hoy, del Día Mundial de los Derechos de los Consumidores. Y es que no es lo mismo ser musulmán, judío, ecologista o vegetariano a la hora de acudir al mercado o a la tienda. Así, las personas que profesen la religión mahometana pueden averiguar a través del etiquetado si un alimento es halal; es decir, permitido por el Corán. No debe, por tanto, presentar en su composición ingredientes o sustancias provenientes de animales prohibidos por la normativa islámica, como el cerdo.

Opciones morales

La comunidad judía, con una información fidedigna, puede limitarse a consumir alimentos procedentes de la carne de cuadrúpedos, si son rumiantes y tienen la pezuña hundida. O de pescados que tengan a la vez aletas y escamas, como ordena la Torá. Y abstenerse de consumir cerdo, caballo, conejo y liebre, o productos de la pesca como el rape o la anguila. Como su religión prohíbe tomar productos lácteos con carne, los judíos pueden rechazar el consumo de quesos que hayan sido elaborados con cuajo animal a través de la información contenida en la etiqueta.

Casos similares se dan con los hindúes o los shiks, cuya religión les veta el consumo de carne de vacuno, o el de los hare krishnas, que tienen prohibido el consumo de vinagre. En la elección pueden darse también opciones personales (como los seguidores de la dieta vegetariana o macrobiótica) o por limitaciones metabólicas (alimentos sin gluten). Pero también de carácter ético, por ejemplo los que tienen objeciones a consumir productos transgénicos o procedentes de determinados animales. De la misma forma, el etiquetado permite conocer si una prenda de vestir o un calzado tienen fibras animales en su composición, un dato que debe constar obligatoriamente, lo que facilita la objeción ética a su consumo por convicciones conservacionistas. El complejo de laboratorios que conforma el CICC analiza la veracidad de las etiquetas: el control de una pasta de dientes; los contenidos de un paté de oca, pollo o pato, o si la composición de un tejido es de fibras artificiales o naturales.

El número de fraudes detectados por Consumo en alimentos, productos textiles u otros durante el ejercicio de 1997 fue minoritario, según Ángeles Heras. El número de muestras analizadas bajo sospecha por el Centro de Investigación y Control de Calidad alcanzó las 8.500 y sólo un 7% de estos productos (casi 600) presentaban irregularidades por su mal etiquetado, falta de seguridad u otros motivos.


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