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A PUNTA SECA FERNANDO PÉREZ OLLO

Tellechea Idígoras y la rehabilitación de Carranza

Donostiarra de cuna, con raíces en Ituren, vivió en la tierra del Bidasoa desde niño y allá reposa

Actualizada Miércoles, 12 de marzo de 2008 - 04:00 h.

E RAN las cuatro de la mañana del 13 de abril de 1928 cuando José Ignacio Tellechea Idígoras vino al mundo, según contaba él, en San Sebastián, Plaza de Guipúzcoa, número 10, cuarto piso. "Soy por tanto donostiarra de nacimiento. Mas la verdad es que mis raíces profundas me alejan de esta bella ciudad. Mis padres fueron José Tellechea Jorajuría y Valentina Idígoras Aramburu; él de Ituren (Navarra), ella de Zumárraga".

Las raíces paternas cobraron más fuerza cuando en 1934 la familia se trasladó a Ituren, a cuya escuela, fundación de un Domezáin, acudió el niño. "Todavía -dijo hace siete años- sigue en pie aquella escuelita que amo, con su pequeña tribuna frontal partida por una escalerita de acceso, y lamida lateralmente por un regato que baja del monte Mendaur".

En 1940 se fue al seminario de Vergara y de allí, un año después, pasó al de Vitoria, del que salió ordenado sacerdote en junio de 1951. Cuatro meses más tarde llegaba a la Gregoriana de Roma, con su condiscípulo y amigo José Maria Setién. Obtuvo el doctorado -con medalla de oro- en Teología, pero no el de Historia de la Iglesia. Tellechea hizo la tesis sobre Juan de Maldonado y quería preparar la segunda sobre el arzobispo Bartolomé Carranza (Miranda de Arga, 1503- Roma, 1576), pero no pudo diluir los prejuicios de quien debía dirigirle. Carranza era sospechoso.

De vuelta a casa en 1956, Tellechea fue profesor en el Seminario de San Sebastián y en el Hispano-Americano de Madrid. Diez años más tarde, cerrado el Hispano-Americano, pasó a ocupar, tras concurso, la cátedra Historia de la Iglesia, vacante por muerte del profesor Luis Sala Balust, en la Universidad Pontificia de Salamanca, que ejerció durante treinta y dos años hasta su jubilación.

Medio siglo con Carranza

Día crucial en la vida de este ittundarra de vida y afición fue el 6 de marzo de 1952, sábado sin clase por la fiesta adelantada de Santo Tomás de Aquino. El joven sacerdote se acercó a la Biblioteca Vallicelliana, encontró en el inventario el códice K 39 con obras de Carranza y lo pidió. Allí comenzó el medio siglo dedicado por Tellechea a estudios y ediciones del ilustre mirandés, dominico, teólogo, arzobispo y víctima de la inquina fraterna, de la Inquisición y de Felipe ll.

La inquina, que prendió la sospecha de herejía, la podemos personificar -entre otros- en Melchor Cano y en Domingo de Soto. A Cano, como es sabido, Gregorio Marañón le llamó "energúmeno", diagnóstico pacato, si se tiene en cuenta que, por ejemplo, el ilustre teólogo dominico predicaba desde el púlpito que sus tiempos eran los del Anticristo y la señal más evidente la veía en la fundación de la Compañía de Jesús, ya aprobada por el Papa. Soto resultó pusilánime en sus juicios sobre la obra de Carranza, que le expresó su desengaño: "Yo pensé que el remedio para poner en orden las opiniones del maestro Cano era ir vuestra paternidad a Valladolid, y se ha vuelto al revés, (.) sin su autoridad ni hicieran ni pudieran mis émulos hacer nada, ni osaran acometerlo (.) De lo que se ha hecho en este negocio estoy muy agraviado".

La obra publicada de Tellechea a partir de 1949 alcanza, al margen de abundantes artículos de prensa -incluido este periódico-, medio millar de títulos. Estudió asuntos y dio a la imprenta trabajos de diversa índole, centrados en su especialidad académica, en la edición de epistolarios y en temas guipuzcoanos. Entre éstos, hay que destacar la edición de "Obras del P. Larramendi", cuatro tomos (1969, 1973, 1983 y 1990) y la biografía "Ignacio de Loyola. Solo y a pie" (1986), que ha alcanzado una amplia difusión internacional, en numerosas traducciones. Hace siete años, él hablaba de siete publicadas y cuatro en curso.

Pero sin duda en su catálogo destacan los trabajos sobre Carranza, en especial las monografías, que en 1984 sumaban 111, aportación documental y cúmulo de investigaciones imprescindibles para hacerse una idea de quién fue aquel navarro, fraile eminente y víctima conspicua de poderes muy devotos, pero no libres de miserias y apetencias humanas. En el ciclo de conferencias sobre el mirandés organizado hace cuatro años por la Real Academia de la Historia, Tellechea debía hablar de las obras escritas por el dominico. Intervino, pero eludió el compromiso con la advertencia de que "nadie debe atreverse a pronunciar un juicio sobre la doctrina de Carranza sin haber leído previamente" las obras del teólogo arzobispo, en buena parte aún inéditas. Sin embargo, apoyado en el medio siglo de trato con el personaje, concluyó que fray Bartolomé "no fue hereje -al menos consciente y voluntariamente- y que se aproxima mucho a poder ser considerado como un santo".

Se abusa de la palabra "experto", galicismo reciente que ha perdido su relación original con experiencia y con perito, de modo que no llamaré a Tellechea experto en Carranza, pero nadie ha estudiado con más entrega que él la vida, obra y proceso del polémico arzobispo toledano. Desde hace muchos años, decir Tellechea es decir Carranza. Y si éste ha recuperado su buen nombre, se debe a Tellechea. Cuando Juan Pablo II visitó la Pontificia de Salamanca, citó entre los grandes maestros salmanticenses a Carranza, pero no a Cano. Para Tellechea, presente en la sala, no fue un detalle irrelevante.

Acaso debamos lamentar que José Ignacio, nunca ocioso, no sintiera la necesidad de tejer una gran biografía de fray Bartolomé. Se lo dije en una ocasión y lo reconoció. Pero la biografía ha sido género condenado a cierto desprestigio. Algunas de las corrientes historiográficas en boga primaban la visión cuantitativa y colectiva sobre la individualidad. No es menos cierto que muchas de las biografías que se publican carecen de rigor y caen en la rutina acrítica de repetir lo ya dicho.

La dilatada y minuciosa atención a la figura de Carranza hizo que Miranda de Arga acordara declarar a Tellechea hijo adoptivo de la villa, nombramiento que él exhibía agradecido.

Ituren, La Oliva y Lizarraga

Las obras mayores de Tellechea no pueden hacernos olvidar los artículos que dedicó al pueblo donde tenía la casa familiar, su refugio y sus libros, y a otros temas navarros. Ya en 1958 publicó un sucinto trabajo sobre "Los nombres de las casas de Ituren", seguido en 1962 por "La ermita de la Santísima Trinidad de Ituren. Notas sobre su fundación (1693)", que salió en "Príncipe de Viana". Esta revista incluyó en 1968 otro estudio local, "La ermita de San Joaquín y Santa Ana de Ituren". de 1983 data "Marabitto bat. El día de Ánimas en Ituren".

En 1978 prologó "Joaquín de Lizarraga (1748-1835)", de Juan Apecechea.

"El pájaro extraño"(2000) es una semblanza del Hermano Zacarías, trapense de La Oliva.


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