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CRÓNICAS DE ASFALTO

Vayamos jubilosos

Extenuado de tanto aguantar la trifulca, el final de campaña me pilló dormido

Actualizada Domingo, 9 de marzo de 2008 - 04:00 h.
  • FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

S I yo viviera en un país con la crispación ya normalizada, en plan mecagoentupadre y yoeneltuyo, un arranque de genio, sin más, me hubiera bastado con un día de reflexión, como ayer, lo habitual en estos casos. Pero en este país de cuatrienal política crispada, desde los calzoncillos marianos a las cejas zapateras, la reflexión exige estar acorde en extensión y, por eso, llevo dos años reflexionando.

Más o menos, en previsión de este día que, quiéranlo o no los hados, había de llegar. Y no me ha bastado.

No me apetece, políticamente, un país que te exige más de veinticuatro meses para reflexionar sobre a quién no votar y todavía no es suficiente, pero, en fin, la democracia tiene estas servidumbres. Peor era cuando te reflexionaban a porrazos. Lo que yo digo es que no nos merecemos una legislatura de pimpampum, cansina en el arreo de estopa, reiterativa en procacidades y parca en el respeto al votante. Me resisto a ser parte de esta fábrica de escépticos y desengañados. Sólo hoy, día de elecciones, se desayunan estos crispadores con el peso de las urnas. Un poco tarde.

Con los sapos vertidos al aire, han tejido la metafísica de su izquierda o de su derecha, según, y hasta se han dado de hostias por ser paradigma del currante (¡antiguos, esa palabra ya no se usa!). Escenifican un alarde imposible por hacer ver que padecen el mono del mono (buzo), y sudar la camiseta, alegar madrugones, capar hipotecas... son frases hechas de 15 días y 1.455 noches (bisiesto incluido). En fin, mi reflexión ha sido en este tiempo mudable: un día me colocaba contra uno y al otro día me situaba enfrente del otro, nunca a favor de nadie, ni ganas, y todo en función de sus gargantas tonantes. Estúpidamente me decantaba hacia el que no me crispaba, pero al día siguiente todo cambiaba y el crispador de unas horas antes era mi preferido porque había pasado a crispar el otro. Así que vuelta a modificarme la voluntad. Con decir que hasta yo mismo llegué a crisparme alguna vez..., quizá por estar hasta los mismísimos de ambos. Puede.

De esta manera tan poco convincente he llegado al día de hoy. Y, todavía más, llevo encima tal barrizal de mente que ahora mismo no sé qué político me ha dejado de crispar en los últimos estertores mitineros, porque -les comento-, a medida que se acababa el plazo de la campaña, fui reduciendo el tempo de exposición al insulto alternativo, para ver con qué líder no me quedaba, aprovechando algún lapso de buenos modales en cualquiera de ellos. Pues bien, extenuado por los dos años largos de aguantar la agria trifulca, llegué al final de campaña tan exhausto que terminé dormido, y desconozco quién no me crispó en el último segundo de este crispa-no-crispa.

A última hora, la estrategia del y tú más se alternó con el debatir de los guionistas, al que pusieron cara los líderes, y con una especie de teletienda de rebajas. Y ellos, los políticos pesados, de kilos y verbo, montaron un mercadillo de promesas. Tiene un punto obsceno apelar al contante y sonante, al metálico, huyendo de ideas y convicciones. Yo me había amarrado al mando del zapeo con mucho interés, por atender a las bicocas de todos los líderes e ir apuntando dádivas. Para la primera hora me había hecho con un piso de humedades controladas, un botellón sin garrafa, una subvención para comprar un Mercedes de VPO (vulgo, de segunda mano), un puesto de trabajo fijo (a buenas ...), 2.500 euros por tener un hijo (a buenas horas...), otros 3.000 euros por reconocerlo (a buenas horas, mangas...) y, sin relación aparente, rebajas garantizadas en el IVA de los condones (¡a buenas horas, mangas verdes!). Y eso que uno siempre entendió que el problema o la dificultad consiste (¿consistía?) en dar la utilidad adecuada a la goma, no en pagar su impuesto. De hecho, nunca se lo vi.

Ante tal avalancha de ofertas, cabe preguntarse qué se hizo de ese Estadolaico tan cacareado, si acaban basando su campaña en creer en lo que no vimos ni, probablemente, veremos, es decir, sustentan su política en algo agarrado a la religión. Como la fe. La fe de sus clientes. Lo grave es que votar a uno solo supone descargar la buena fe en la mitad del insulto y castigar a la otra parte del discurso faltón. Y no parece justo. De donde se deduce que el drama es elegir entre lo que hay, cuando sería menos surrealista optar por lo que no hay. No importa, democracia de mis entretelas, políticos de las malas formas, ¿quién soy yo para cuestionaros nada en este domingo jubiloso? Reniego de lo dicho, todo es perdonable, votaré y animo a hacerlo. Algunos somos de una generación que no puede despreciar la oportunidad de taponar con una papeleta sus infaustos recuerdos. Y si bien se mira, infinitamente mejor suena vuestra alborotada y estridente fanfarria que cualquier acorde de marcha militar.

Ni color, oye.

opinion@diariodenavarra.es


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