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CRÍTICA DE CINE EN EL PUNTO DE MIRA

Terrorismo en la cumbre

Actualizada Miércoles, 5 de marzo de 2008 - 04:00 h.
  • MIGUEL URABAYEN

L AS intrigas policiacas han sido y son tan abundantes en el cine que es difícil encontrar originalidad en este género de películas. Una solución a la escasez de ideas nuevas es utilizar algún argumento ya usado pero dándole un tratamiento distinto a lo normal. Esto es lo que hacen el director Pete Travis y el guionista Barry L. Levy, responsables principales de En el punto de mira, al presentar un atentado terrorista contra el Presidente de Estados Unidos de una forma poco habitual.

Al comienzo, un equipo televisivo está retransmitiendo una reunión de jefes de Estado en la ciudad -quien lo iba a decir- de Salamanca. La acción se presenta desde el punto de vista de ese equipo, dirigido por la veterana realizadora Rex Brooks (Sigourney Weaver) desde un camión especial situado cerca de la Plaza Mayor donde el alcalde da las bienvenidas oficiales. Poco después, cuando iniciaba su discurso, el Presidente norteamericano es tiroteado desde una ventana y casi inmediatamente la explosión de una bomba se añade a la confusión creada por los disparos.

Repeticiones

Pero en vez de continuar la acción, la película vuelve 23 minutos atrás y nos presenta los mismos hechos tal como los ha presenciado el agente Thomas Barnes (Dennis Quaid), jefe de los escoltas del Presidente. Y vemos de nuevo los tiros y la explosión. Cuando termina esa repetición, la película vuelve atrás otra vez para mostrar lo ocurrido desde el punto de vista de un turista, Howard Lewis (Forest Whitaker), que graba con una cámara de video todo lo que ve.

Y esa tercera repetición no es la última como enseguida comprobamos. El resultado es que uno acaba harto de esas escenas vistas por diferentes testigos presenciales. Cierto, cada versión visual añade algún dato, como si los realizadores nos dieran cada vez una pequeña pieza del puzle que han imaginado. Pero el precio es cansar y aburrir nuestra atención.

Además, el procedimiento de presentar distintos puntos de vista sobre el mismo hecho no es tan nuevo como puede parecer. Akira Kurosawa lo utilizó, el primero, en Rashomon (1950), compuesta por cuatro testimonios diferentes sobre un crimen. Y si la comparación con ese gran clásico parece excesiva para la calidad y pretensión de En el punto de mira, recordaré que hace dos años vimos en Pamplona 11,14. Destino fatal, que con vueltas atrás reconstruía los antecedentes de un accidente mortal, ocurrido a la hora indicada en el título de aquella modesta y original película de Greg Marks.

Lo curioso es que en el fondo el recurso a la repetición de testimonios no era necesario en el caso actual. Al pensar en el argumento una vez terminada podemos imaginar que si la acción hubiera sido lineal, sin saltos atrás, habría sido tan interesante o más que en la forma elegida por los realizadores. La intriga se hubiese podido presentar sin las repeticiones y posterior precipitación que ahora la estropean. Porque tal como la vemos todo es pura acción, sobre todo en una larga e imposible persecución de coches por las calles de la ciudad.

Trucos, coches e intérpretes

Digo "la ciudad" porque evidentemente no se trata de Salamanca. El rodaje principal se ha hecho en México (en la capital, en Cuernavaca, Morelos y otros lugares) y mexicanas son las calles por donde corren los coches, no salmantinas. La gran plaza del comienzo ha sido reconstruida digitalmente y así se explican las escenas iniciales, luego repetidas cinco veces (la publicidad dice ocho, pero afortunadamente son tres menos).

El recurso a los coches indica una ausencia de imaginación para terminar la intriga, sobre todo cuando vemos que los realizadores utilizan una niña como elemento determinante del final. Que por cierto, no se acaba de comprender cómo esa niña ha podido llegar hasta allí tan rápidamente, ni tampoco algunos otros de los participantes que el guionista reúne en el mismo lugar del cruce de carreteras o autopistas.

La interpretación de los distintos actores es mejor que sus papeles, y algunos están muy desaprovechados. Por ejemplo, Sigourney Weaver a quien no volvemos a ver una vez terminada la parte de la plaza Mayor. O William Hurt como el presidente Ashton victima del atentado, que encaja en su personaje. En cambio Forest Whitaker (Oscar del año pasado) aparece demasiado, sin que se vea su utilidad. Quizá los realizadores han creído que era necesario para dar una nota de humanidad por su afán protector de la pequeña que conoce en la plaza.

El español Eduardo Noriega tiene un papel mal dibujado porque no se acaba de saber con quién está su personaje a pesar de ser policía. El mejor para mi gusto es Dennis Quaid que por puro profesionalismo da fuerza al papel de guardaespaldas presidencial, asociado por los aficionados con Clint Eastwood (En la línea de fuego, 1993). Y superar esa comparación es difícil para cualquier actor.

EN RESUMEN: Acción incesante pero en la primera mitad hay demasiadas repeticiones de los mismos hechos vistos por diferentes personajes. En la segunda, la intriga se amplia y finalmente la película se estropea definitivamente de forma tan convencional como absurda.


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