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MÚSICA FERNANDO PÉREZ OLLO

Sarasate, endiablado

Actualizada Miércoles, 5 de marzo de 2008 - 04:00 h.

L A joven surcoreana lució y derrochó desde el ataque del tema inicial en el concierto de Sibelius un sonido potente, redondo, maleable y flexible, no tan común en los solistas de violín que han actuado en Baluarte. Entiéndase, no porque el sonido obtenido por el solista no reúna esas cualidades, sino porque el oyente no las percibe íntegras. El local, las dimensiones y características de la sala, siempre más o menos influyentes, resultan en el caso del violín decisivas.

Cualquier oyente habitual lo atestigua.

SoYoung Yoon, nacida en 1984 y ganadora de importantes competiciones -según el programa-, nos hizo olvidar tales reticencias y se impuso casi siempre, si bien es verdad que Sibelius, violinista de formación y buen conocedor de las condiciones del instrumento, cuida al solista y evita confrontarlo con el tutti orquestal. La intérprete, después de la frase inicial, sirvió con limpieza y propiedad la cadenza -que nadie esperaría en tal lugar de la obra- y la que luego ofrece en el centro del movimiento -otra singularidad de esta pieza-, pero a la vez demostró un alto juego técnico, virtuosístico, y apreciable sensibilidad, sin mengua del sonido, bello y amplio. Cabe añadir un reparo, no leve: a veces la afinación de la solista no fue ciertamente impecable.

El adagio di molto central tuvo lirismo, aunque no tan intenso como podríamos esperar después de un primer tiempo logrado. Y el tiempo final deparó de nuevo intervenciones convincentes de la joven asiática, suficientes para hacer oír esta obra, de por sí discutible y discutida hasta la acritud -como su autor-, pese a haber cumplido un siglo y un quinquenio. Todavía es frecuente que músicos de largo recorrido y muchas horas de trabajo creativo sobre papel pautado prorrumpan en un "¡Vaya tostón!" después de oír esta partitura, cuya estructura se permite libertades obvias respecto al género. Me sucedió anteayer.

SoYoung Yoon hizo un Sarasate disparado de velocidad en la tarantela, ya de por sí viva, de forma que resultó un perpetuum mobilede virtuosismo aturdidor, externo, superficial. Y más, después de una "introducción" cuyo tema -tan bello- cantó con vuelo y tensión, además de la calidad tímbrica que había demostrado en Sibelius. Fue un homenaje a nuestro violinista en este centenario, hasta ahora mustio, por no decir inexistente. Quiero pensar que alguna influencia debió de tener en la programación de esta obra la versión grabada por Tibor Varga, violinista conspicuo y padre de quien anteayer ocupaba el podio de dirección.

La "Fantástica" enciende el entusiasmo de los oyentes con suma facilidad, aunque la interpretación ofrezca sombras y taras evidentes. Anteayer el entusiasmo saltó en "bravos" repetidos cuando terminó "El sueño de la noche de sabbat" que pone fin a la sinfonía, única y programática a carta cabal o, mejor, "drama instrumental", como definió el autor. Varga hizo la sinfonía sin medias tintas, con una rotundidad que alcanzó el clímax en la "Marcha al suplicio", el cuarto movimiento, en el que toda la plantilla, en especial metales y maderas, brillaron por la nitidez y precisión de las intervenciones. Si la "Fantástica" mantiene su capacidad arrebatadora será por su fuerza y osadía apasionada, muy superiores a la vulgaridades y exageraciones, que no oculta, más bien explota. Anteayer, la sinfonía de Berlioz tuvo algún descontrol, más fogosidad que lírismo preciso y atención al colorido y el ensueño. Pero prendió, una vez más, en los oyentes.


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