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TEATRO PEDRO IZURA

Buenos ingredientes, resultado anodino

El ritmo que se aplica a la representación es excesivamente lento para los actores

Actualizada Domingo, 2 de marzo de 2008 - 04:00 h.

La Señorita Julia, es sin duda una gran obra de teatro. El sueco August Strindberg reside por méritos propios en el paraíso de los creadores y concretamente en el de dramaturgos. El tándem formado por D"Ododico y Narros tiene un bagaje tan extenso que sería difícil esconderlo en algún lugar remoto de la memoria. María Adanez, Raúl Prieto y Chusa Barbero tienen un currículo interesante y bastante completo.

¿Porqué todos estos ingredientes juntos transforman en anodina la obra de este sueco universal?

Strindberg escribe un prólogo para este libreto en el que describe con meticulosidad el carácter de los personajes, sus intenciones y una visión dramática que cambió la concepción del teatro en su país. Narros, en un extraño juego metateatral, comienza la obra instantes antes de que las luces den comienzo a la función. Los actores, mientras se terminan de vestir y maquillar, leen ese prólogo al espectador como si de una tarea de última hora se tratara. La sensación resulta extraña. Los actores, que evidentemente están actuando, no son capaces de transmitir la naturalidad de ese momento. Más parece que esta lectura es un aviso para navegantes: ¡Cuidado, que este autor es de los buenos! ¡Atentos, que esta obra es de la grandes!

El desarrollo posterior muestra a unos personajes llenos de aristas. Caminan entre el control neutro, sin apenas gesto ni movimiento y el grito exagerado acompañado de movimientos complejos e irracionales. Teniendo en cuenta que nos encontramos ante un drama naturalista, según palabras del propio autor, sorprende ver composiciones individualistas introspectivas y confusas. El texto es duro, incluso hiriente. Las relaciones internas, la lucha de clases, la necesidad de medrar a costa de lo que sea. El ser humano está observado desde la butaca de un creador autobiográfico, que plasma la complejidad de una existencia llena de tormento, donde las relaciones de pareja se llevan la peor parte.

Julia es la hija de un noble, atormentada por una inadecuada educación. Desde su posición privilegiada posición social, juega con la vida como si se tratara de una escopeta cargada. Su criado tiene claro su futuro: es educado, refinado y curioso. Servir no es una de sus aspiraciones, su atractivo personal es la munición necesaria para hacer estallar en deseo a su dueña. Narros fortalece los momentos íntimos de los personajes y muestra con toda su crueldad la violencia de unas complicadas relaciones sexuales. Esto es un acierto por parte del director. El problema aparece porque el ritmo que se aplica a la representación es excesivamente lento para lo que los actores son capaces de transmitir. Parece que el miedo a mostrar en toda su crudeza el texto, hace que los intérpretes pasen de puntillas por encima de él. El resultado es que las escenas resultan inconexas y se pasa de la alegría a la tristeza sin hacer una parada para reflexionar, los actores memorizan, apenas sienten (de verdad) y así es complicado comunicar nada. Del blanco al negro hay toda una gama de grises que en este caso son fundamentales.

La obra no pasa del escenario, se queda allí, es una lectura más o menos animosa de un texto intenso. La intensidad y la fuerza no significan levantar la voz, gritar y correr mucho; hay que buscarla en el interior y si no se encuentra quizás sea mejor no representar esta obra. Adánez está demasiado verde todavía, muestra maneras de la gran actriz que seguro será; Prieto tiene presencia pero le falta verbo, amordaza a su personaje con tanta fuerza que cuando necesita imponerse el único recurso que queda es gritar. Barbero realiza, quizás, el trabajo más agradecido, compensado y sin recodos complicados de recorrer. La sencillez con la que aborda su personaje hace que destaque sobre sus compañeros.

Narros mantiene el juego meta teatral del prologo. Introduce en la escena del encuentro entre criado y dueña al peluquero, regidor, maquinista, intentando crear un inexistente ambiente de fiesta. Lo que consigue es estropear cualquier atisbo de credibilidad de lo que estábamos viendo. Si alguien había sido capaz de meterse en el la historia, ese fue el momento perfecto para empezar a pensar en la hipoteca o en el parking. También hubo música en directo. Es natural, había fiesta en el pueblo. Pero los actores, en algunos casos competían con violín y acordeón para que su voz prevaleciera sobre los instrumentos. La escenografía, correcta, confunde en algunos casos las estancias pero cumple. En resumen, un tostón monótono y muy aplaudido, que cuando nos ponemos generosos no hay quien nos supere. ¡Por aplausos va a ser, hombre!


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