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CRÓNICAS DE ASFALTO FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

Azules y rojos

Digamos que al nacer yo era de derechas, si nos atenemos exclusivamente al funcionamiento somático: casi todo lo práctico lo hacía con la diestra. En cuanto a lo psíquico nací proyecto, y por ahí sigo.

Actualizada Domingo, 2 de marzo de 2008 - 04:00 h.
  • FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

Dejaba para la otra mano funciones menos lucidas, como la liberación previa de aquello, sujeto a botonadura o cremallera, cuando llegaba la hora de desahogar necesidades apremiantes. Además, ideológicamente no había elección. Los tiempos estaban para pocas aventuras, y el mimetismo hace estragos. El país entero se movía por los mismos derroteros, sólo el Movimiento dejaba moverse. Nos movíamos dentro del Movimiento, menuda chorrada.

Más parecía una ley física que política, aunque de una lógica aplastante (dictadura y aplastante se han llevado siempre de muerte). Luego, al producirse el óbito, muchos empezamos a valorar otras habilidades de la izquierda, quizá por rebeldía, tal vez por sentirnos engañados. Fue una etapa de protestas, de pedir libertad, de elegir la mano preferida, de legalizarlas ambas. Cayó una tormenta de siglas la mar de confusa y poco faltó para que cada cual tuviera la suya propia. Por aquellos días conocí a Pep. Era nieto de un capitán general, tenía un ilustre apellido, pero todo el mundo lo conocía por Gordons, y no es que tuviera salpicaduras sajonas en su pedigrí, sino que el apodo le venía de su querencia a una determinada ginebra. Las ideologías -me instruyó- son manuales de las conciencias políticas, pero luego hay que aplicarlas y no todo el mundo sabe ni quiere. Las ideologías encandilan hasta que alguien coge el manual, las adapta y se carga su esencia.Entonces confesó que él era burgués, una de las mejores cosas que se puede ser, aseguró. Si te da el bolsillo, matizó.

¿Te gusta el whisky? -me examinó

- Nada -contesté

- Entonces tienes madera de buen burgués-, sentenció, porque sabía que angulas y malta macerada siempre producen rechazo al principio y acaban enganchando como sellos de correos.

Me apunté a la burguesía y al whisky, ¡a ver!, pero duré poco, porque no me daba el bolsillo. En ésas estábamos cuando ganó el centro, de calle, y descubrí una tercera vía. Al poco fracasó, dijeron que se desmoronaron por la base, o que no la tenían, y el caso es que desaparecieron. La verdad es que eran como una derecha fuera de sitio, despistadilla. Entonces apareció la izquierda en la punta de la pirámide, pero yo ya no sabía de qué palo iba. Alguien del partido triunfante me propuso sacarme el carné, porque, dijo, en poco tiempo le cae el polvo encima y cobra telarañas de histórico. No lo hice: fuera del caqui obligado y del traje de marinerito de la primera comunión, no quería más uniformes ni militancias en mi vida. Nada de ser pastoreado. En poco tiempo, un despolitizado de provincias había tenido que mutarse en hombre de polis y, sobre la marcha, citar a Engels, Weber, Smith y a la madre que los parió, votar a toda pastilla -en la transición nos desquitamos y votábamos cada poco-, teorizar sobre lo que malentendía y, encima, atender a la obligación de apañarse un hueco en la tribu corporativa de los juntaletras. Demasiado. Además, todo aquello comenzaba a aburrirme. Un día me reencontré con Pepy quiso saber si ya era un burgués. Todavía no me alcanza, pero ya me gustaría, reconocí. Si te fijas -me dijo-, ahora todo se vuelve hablar de calidad de vida, pero en el fondo es lo mismo. La burguesía no tiene ideología, aunque la muestre y, pese a lo que digan, sólo mira por ella, por vivir lo mejor posible, que es lo que todos, izquierda y derecha, quieren, así que ¿para qué tanto rollo? Pero es que -rebatí-, si todos fuéramos burgueses, poseedores de los medios de producción, bebedores de whisky y comedores de angulas, ¿quién iba a trabajar?No era su problema: A mí, el dinero me cortó de cuajo mi vocación de trabajador, no sé más -resolvió.

Pero, ¿y yo? Pasaba el tiempo y seguía sin ser burgués; no me convencía la izquierda porque allí donde estaba no se arreglaba el mundo; la derecha tampoco me seducía; y el centro era el Punto G de la política, nadie daba con él. De golpe, me vi en plena campaña electoral, ante la reiterada alternancia y frente a la brasa mediática. ¿Qué podía hacer? Fui a ver al pastor que me recompone los cables: Chico, ya no sé dónde acaban los rojos ni dónde empiezan los socialdemócratas, ni siquiera tengo claro si la Internacional es la última canción del verano. A mí me gustaría ser algo progresista, pero sin dar la nota.

- Hombre, azul no te veo; y rojo, tampoco, ¿qué tal algo para un buen pasar, sin estridencias?

- De acuerdo.

- Mira, el poeta chileno Nicanor Parra ya lo dijo: "La izquierda y la derecha unidas jamás será vencida", y eso es lo que hacen, vivir ambas. Hazte de Osasuna, serás rojo. O del Portland, serás azul. Y no dan problemas de ideología.

- Y con las ideas tan claras, ¿cómo no te metes a líder político?

-Ya estoy ensayando, ¿para qué crees que es el rebaño?

Jodido pastor, me sentí oveja.


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