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MAÑANA, DOMINGO ÁNGEL ECHEVERRÍA IZU

¡Abre mis ojos!

Actualizada Sábado, 1 de marzo de 2008 - 04:00 h.
  • DOMINGO IV DE CUARESMAJUAN 9, 1-41

N ORMALMENTE sentimos un respetuoso afecto y ganas de ayudar a una persona invidente que camina por la acera o va a cruzar una calle; con perro o sin él, con la ayuda de un bastón blanco, con gestos precisos y aparentemente habituales, parece conocer el terreno y hace "hablar" al suelo que pisa como si fuera la "voz" que le va guiando; "cuando nos fallan los ojos -me decía un amigo ciego, fallecido ya a los 41 años- desarrollamos otros sentidos, sobre todo el oído y el tacto; tenemos los ojos en la punta de los dedos".

La privación de la vista es una carencia importante y un handicap grande. Cerremos nuestros ojos unos instantes y tratemos de desplazarnos en nuestro medio familiar... Constatamos enseguida, aunque sea parcialmente, cómo es la vida de un invidente; imaginemos, pues, qué puede sentir un ciego de nacimiento que jamás ha visto la armonía de los colores, la belleza del paisaje o el atractivo de una mirada; ¿tenemos bastante conciencia de la felicidad de ver, asociada a la felicidad de vivir?

Esta reflexión recalca el doble "regalo" hecho por Jesús de Nazaret al ciego de Jerusalén, como nos narra el Evangelio del Domingo; le hace ver y le hace vivir... Y él, agradecido, lo recuerda para nunca ya olvidar, repitiendo a todos los que le preguntan: "Me ha puesto lodo y me ha abierto los ojos".

EL BARRO improvisado en los ojos del hombre ciego nos remite simbólicamente a los orígenes del ser humano: "Dios lo ha modelado del polvo de la tierra"; y, ¿cómo no evocar igualmente el "barro" pegajoso de nuestra condición pecadora que mancha y borra la mirada e impide ver a Dios; mirar a los demás hermanos hijos del mismo Padre y que, incluso, enturbia la visión que tenemos sobre nosotros mismos...?

Todos podemos decir de diferente manera: "Yo soy un ciego en el camino". Y, ¿qué es lo que me impide vislumbrar la mirada del Dios de la ternura, de gustar su presencia en mi vida, de percibir la mano que Él me tiende para salir de mis debilidades y mentiras? ¿Cuál es esa capa opaca hacia los otros que hace mi mirada indiferente, dura, implacable, cerrada?

PODEMOS ver en el ciego curado un auténtico camino de Fe recorrido en varias etapas. Enfrentado a los curiosos, a los incrédulos, a sus parientes que no se "mojan", a las autoridades que le injurian y expulsan, él progresa en el conocimiento de Aquel que le ha abierto los ojos hasta el acto final de Fe: "Yo creo, Señor".

¿Cómo escucharán este Evangelio los miles de peregrinos -mujeres y hombres, pequeños y mayores- que, a pie o en coche, se dirigen a Javier? Ojalá que en ese camino de Fe que son las Javieradas, Jesús "abra a muchos los ojos del corazón". Nuestro Arzobispo "se siente muy orgulloso", dice él, para celebrar la primera Javierada con nosotros. En Javier encontraremos, con palabras del mismo Don Francisco, "un respiro y la fortaleza espiritual que provoca paz y amor".


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