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CON EL MANDO EN LA MANO JOSÉ JAVIER ESPARZA

Debate

El debate entre Rajoy y Zapatero, el primero en 15 años entre unos candidatos a la presidencia del Gobierno, fue un éxito de audiencia global y también para Televisión Española, que se llevó la parte del león de la audiencia.

Actualizada Miércoles, 27 de febrero de 2008 - 04:00 h.
  • TELEVISION@DIARIODENAVARRA.ES

B ueno, pues gran éxito el de este debate, ¿no? Éxito, desde luego, en audiencia: más de 13 millones de espectadores, una cuota de pantalla del 60%. Pero éxito, también, como acontecimiento social y como propuesta de comunicación: fue un debate muy interesante, muy bien llevado -a Campo Vidal hay que reconocerle lo suyo-, imprescindible para cualquier ciudadano interesado por la vida pública.

Quizá llegue un día en que esto, que ahora ha sido un acontecimiento, se convierta en pura rutina democrática, que es lo que debería ser. En tanto llega ese día, disfrutemos de la excepcional cosecha. Al espectador pudo fastidiarle la excesiva rigidez del formato, pactada por los partidos hasta en sus más nimios detalles (los segundos que la cámara podía enfocar al interlocutor que escuchaba, por ejemplo), pero más vale eso que nada. Los púgiles tampoco defraudaron y, en general, tuvimos dos horas largas de gran interés. Como se sabe, ni Antena 3 ni Telecinco ofrecieron el debate. Fue un error. Telecinco ofreció CSI, que, mal que bien, aguantó, pero el Física o química de Antena 3 se hundió estrepitosamente, y el programa post-debate de esta cadena, con el paso ya irremediablemente cambiado, fue un ostensible fracaso. Quien más se benefició del debate fue, como era previsible, TVE-1, que se llevó a más de ocho millones de espectadores (36,4%). Cuatro y La Sexta, que también ofrecieron el duelo, obtuvieron rendimientos mucho más bajos. Fue una oportunidad de oro para las nuevas (y pequeñas) cadenas digitales, que echaron el resto y trataron de pescar público; era una apuesta con la mirada depositada no en la noche del debate, sino en los años que vienen. En cuanto a los aspectos laterales del cara-a-cara, aunque menores, no dejó de haber algunas cosas desafortunadas. Por ejemplo, el escenario, que transmitía una impresión de frialdad glacial. El concepto high-tech del escenario obedecía, sin duda, a razones meditadas -neutralidad, por lo desnudo del estrado; relajación, por los colores crema; distancia, por la abundancia de tonos metálicos, etc.-, pero era estéticamente muy discutible. Sobre todo, guardaba un parecido demasiado evidente con la sala de mando de la nave Enterprise de Star Trek, y sólo faltaba que apareciera por allí el capitán Kirk para decirle al señor Spock que tomara el mando, sensación acentuada por el inconcebible maquillaje de las cejas de Zapatero. Respecto a los demás detalles de la transmisión, ya ha quedado dicho que el realizador tenía las manos literalmente atadas por el pacto previo entre los partidos, de manera que hay poco que comentar. El lunes que viene, más. Y quizá mejor.


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