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MÚSICA FERNANDO PÉREZ OLLO

Brahms, rasante

Actualizada Miércoles, 27 de febrero de 2008 - 04:00 h.

Y A que estamos en un año Sarasate, el centenario de su muerte, habría que comenzar por recordar, una vez más, que el violinista pamplonés se negó a tocar el concierto de Brahms que abrió la nueva temporada de Baluarte. Don Pablo lo tenía -reducido a violín y piano- en su biblioteca, junto con al menos otras diecisiete obras del hamburgués, pero no lo programaba.

Sabido es que, según Lalo, no disimulaba el porqué: "¿Me creéis tan carente de gusto como para tenerme de pie en el escenario, con el violín en la mano, mientras el oboe toca la única melodía de la obra?". Sarasate era divo, pero no estúpido, y esa frase no pasa de boutade, porque con tal criterio debería resistirse a no pocas partituras, incluido el concierto de Beethoven, una de sus bazas triunfales, aunque -según violinistas contemporáneos de primer rango- menos adecuado que el de Mendelssohn a sus características técnicas.

El tema del adagio, en fa mayor, confiado al oboe, no es la única melodía considerable de la obra. Será más lógico pensar que a Sarasate no le satisfacía el concierto en sí y, en concreto, la particella del solista, que Joseph Joachim, amigo del compositor y dedicatario, juzgó torpe e imposible de tocar, cuando lo leyó por primera vez. Brahms rechazó de plano las sugerencias que su violinista preferido presentó para esa parte solista, aunque debió de aceptar algún retoque técnico. Aun así Joachim, consciente del valor de la obra, la estrenó en la Gewandhaus de Leipzig bajo la batuta del autor el día de Año Nuevo de 1879. Joachim -cuyo nombre también lucen los conciertos de Schumann y Dvorák- contaba entonces 47 años y medio. A Sarasate le faltaban dos meses para los 35. Conviene saber que el pamplonés no estaba solo en su rechazo. El citado Edouard Lalo descalificó el concierto con malevolencia vulgar -a juicio de Claude Rostand- y a Fauré le parecía gris y monótono. Pero de la cerrazón francesa hacia Brahms habría mucho que hablar. A esta obra le costó abrirse camino e imponerse, pero hoy es una de la de primera magnitud en su género, de las piezas que los grandes del violín deben tocar, y una de las creaciones más frecuentadas de este compositor.

Los ciento treinta y cinco compases iniciales de la introducción -que no exposición estricta- demuestran que Brahms, tan beethoveniano, no confina a la orquesta en labores de mero acompañamiento, de modo que este concierto se ha podido considerar sinfonía con violín solista. La versión que oímos a la OSRB demostró ese planteamiento y la orquesta, aun reducida, se impuso con facilidad al solista, exacto de afinación, corto de volumen -al menos en el Auditorio-, exacto en los ataques, pálido de vibrato y rasante de vuelo expresivo, especialmente en la sección central del adagio,que modula a fa sostenido menor, tensa y muy exigente para el solista. La fuerza lírica quedó sometida a la exactitud y potencia compacta de la plantilla instrumental berlinesa.

Lo mejor de la orquesta fue el "Idilio", emocionante regalo navideño de Wagner a Cósima, pero floja prueba de genialidad. La exposición de los temas fue clara y la versión distendida, si bien los solistas sonaron manifiestamente mejorables -las trompas, dignas de olvido- y el conjunto más bien anodino, salvo algún pasaje, como el del "tesoro del mundo" que en "Sigfrido" canta Brunilda.

La orquesta completa -16, 14, 12, 10 y 8 en la cuerda- hizo los tres números de los "Meistersingen" con fuerte rotundidad. Si los aprendices danzaban como los oímos, no pudieron imponerse a los conservadores Maestros.


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