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MIRADOR JOSÉ MIGUEL IRIBERRI

Recuerdos inventados

Actualizada Martes, 26 de febrero de 2008 - 04:00 h.

E STOS debates que tanto se parecen a un debate pero sin llegar a serlo, le dejan al espectador crítico -y quién no lo es si es un ciudadano- con un cierto desánimo. Tanto para tan poco, verdaderamente, porque la audiencia millonaria y el no menos millonario montaje merecían más. Mucho más.

Entre los recuerdos que acostumbra a inventar el escritor Vila-Matas figura el de la conferencia dada por un profesor en Barcelona con récord de inasistencia: sólo ocupaban la sala el organizador, que se fue al minuto, un señor que ya roncaba antes de empezar y una anciana muy atenta que, al final, rogó al conferenciante un resumen al oído porque estaba sorda como una tapia y no se había enterado de nada.

Zapatero y Rajoy esperaban ayer en el patio de butacas no tres personas ni treinta ni tres mil, sino más de diez millones de atentos seguidores, todos en perfecto estado de audición, incluidos los organizadores que, desde luego, jamás osarían desaparecer ante tan poderosos conferenciantes. Y uno sostiene la calificación de conferenciantes, pese a tratarse de un debate, porque hubo secuencias en las que los dos protagonistas se ignoraron mutuamente, dedicándose a soltar la conferencia preparada en chuletas, como disciplinados conferenciantes.

En definitiva, tú haz como que me preguntas que yo haré como que te contesto. Al final, los dos parecían encorsetados por los consejos de expertos en códigos de seducción que acampan por las campañas electorales, gente bien dispuesta, sin duda, pero que a base de manual se cargan la frescura del pegar la hebra. No por casualidad, los momentos vibrantes, que los hubo, coincidieron con la ausencia de papeles. Poco equipaje, de todas formas, para justificar la inmoderación del moderador cuando calificó el encuentro de "intenso, magnífico e interesantísimo". Y se quedó tan terne.

Zapatero y Rajoy apenas dijeron nada que no han venido repitiendo desde que viven en la carretera, pidiendo votos por doquier y prometiendo parcelas en el cielo, laicas las de Zapatero. En ese sentido, el dizque debate de ayer por la tele, a cuatro metros de distancia, es el mismo de cualquier día de estos, a cuatrocientos kilómetros uno de otro. Uno en Valencia, otro en Málaga, o donde toque, se cruzan los mismos mensajes que intercambiaron en el improvisado plató de televisión.

La diferencia es que el cara a cara tiene el morbo de la calificación. ¿Quién ganó? En el cine, los doce hombres sin piedad del jurado se encierran para decidir no si el reo es culpable o inocente, sino quién es el mejor abogado; en los cara a cara electorales también podemos caer en la red de palabras o miradas. Gobernar es otra cosa.

Ayer, Rajoy dejo tocado pero no hundido a Zapatero y Zapatero dejó flotando a Rajoy con alguna vía de agua. Pero sus respectivos hinchas saldrán hoy a recoger el cadáver del adversario para enterrarlo el día 3.


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