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CRÓNICAS DE ASFALTO

Regreso comanche

He vuelto al barrio de mi infancia y me he equivocado. Fachadas y portales me rozaban los codos sin que yo apreciara el menor atisbo de que aquello fue un día mi territorio comanche

Actualizada Domingo, 24 de febrero de 2008 - 04:00 h.
  • FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE | OPINION@DIARIODENAVARRA.ES

T AMPOCO las caras, al cruzarme con sus ojos, según me iba aproximando, me decían nada. Rebuscaba en el interior, perseguía imágenes vividas o vívidas, gestos cómplices. cualquier señal me hubiera bastado, incluso el adoquín desajustado en la esquina había desaparecido. Insulsas losetas planas reflejaban la humedad de la mañana. En mi calle, peatonal sin peatones, la tristeza era un valor al alza.

No esperaba mi vista, desde luego, recuperar el remolque aparcado del lechero, hacia la mitad de la calle, pero ni lechería había. Todos los portales, y el mío era uno, permanecían cerrados, nadie entraba con prisas, nadie hablaba en sus dinteles, no había niños jugando en el suelo, no se veían marcas de tiza hechas por las niñas para sus incomprensibles juegos de taconear un viejo tacón. Como hicieron Anita, la del 12, y sus amigas.

La vieja mercería de aquellas dos hermanas solteras, enmadejadas entre sus brillantes hilos de molinete, dedicadas a sus labores hechas a mano, centros y mantelería., de la vieja mercería, digo, no quedaba el menor vestigio. ¿Qué fue de aquellas solteronas? Allí me enamoré por primera vez, de la más joven, de sus rojos labios pintados con cierta exageración, deliciosa para mí, de aquella sonrisa que hablaba para decirme ¿qué quieres, Javierito? Ay, si yo te dijera, por ejemplo, que no he leído a Stevenson y ya quiero perderme en una isla con tu boca repintada, el mejor tesoro., pero no, deme un carrete de hilo rojo, perdón, blanco. De Fabra i Coats, dice mi madre. Por ella, la solterita de la sonrisa carmesí, tuve mi primera bronca de amor. Irisarri, el poeta Irisarri, compañero de colegio, me disputaba aquel sueño imposible. Para los dos. Él, lo decía así: se había enamorado de sus manos, y siempre le pedía a ella que le envolviera los recados, para ver moverse aquellos dedos y contemplarlos desde el pensamiento inconfesable de su cerebro de vate. Un romántico, Irisarri. Cuando nos dimos de puñetazos junto a la puerta de la iglesia, se le cayó la poesía al suelo. También un diente. Y yo me llevé para siempre una cicatriz en el reverso de la mano, la de su incisivo hincado en mi nudillo.

Buscaba ahora, inútilmente, la tienda de ultramarinos, mi bautizo como integrante del mundo laboral, sólo en vacaciones. El chico me puede ayudar, dijo la señora María, y allí estaba yo, el chico, ayudando. No acabó bien mi primer trabajo. Yo no era Irisarri, mi romanticismo era de celofán, ruidoso, brillante, pero envoltorio puro. Me atraían los brillos -del rojo ya he hablado- que se escapaban del cajón al que iban a parar las pesetas rubias. Me deslumbraba su color. Y su poder. A unas cuantas las invité a venirse conmigo. Me pillaron, el mundo del trabajo me dio la patada. Fin.

En la calle, veía ahora, habían florecido, salpicadas, algunas tiendas de souvenirs, que es galicismo rebozado de gilipollez para referirse a los recuerdos tangibles -que uno perderá en un cajón- sobre ciudades pateadas. Pero no era época de guiris, hacía frío, y dentro colgaban como ahorcadas las ristras de figuritas, esperando a tripudos turistas a los que encandilar con sus formas folclóricas.

También la vieja tienda de ultramarinos estaba repleta de gigantes enanos, cabezudos como garbanzos y cientos de postales, imágenes del último verano. Mi calle tuvo un bar, al principio dirigido a clientes del barrio, con su futbolín de verdad, de dos defensas y tres medios; después, encarado el negocio hacia pretensiones más lucrativas, habilitó su zona oscura, con bombillas de poca monta, para las parejas precisadas de fricciones urgentes. Un oasis de penumbra, donde era obligado consumir, preferentemente combinados salidos de las garrafas de 40 grados.

Un día de aquellos, cuando los vecinos habían dado la espalda al local y sólo entraban allí novios de otros barrios, buscando estrechar relaciones sin testigos, el dueño se tiró a la vía del tren. Y el tren no perdonó. Los trenes podían traer retraso, pero siempre garantizaban el suicidio. Como las murallas. Dijeron que lo hizo agobiado por las deudas, puede. Un cincuentón de malencarado asomo mantuvo el negocio, no sé hasta cuándo. Aquel espacio lo ocupa una galería de arte, estrecha, mucho más de lo que mi memoria hubiera imaginado. Daba pena mi calle. La habían aseado, repeinado, estaba libre de chatarra aparcada, se habían llevado el ruido. Todo, que era nada, aparecía horriblemente ordenado, pero alguien le había quitado también la vida. El mundo es hoy una gran superficie comercial, poco más cuenta. Desde lo alto de la cuesta miré aquel fraude infográfico. Mi calle era limpia, brutalmente limpia; y aburrida, mortalmente aburrida. Hasta más pequeña. Es lo que tiene la realidad: te encoge la nostalgia.

O al revés, que también.


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