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INTERNACIONAL

Fidel Castro, el final de un mito de la izquierda

Acaparaba en su persona todos los poderes del Estado cubano y sólo los deja por la enfermedad

Actualizada Miércoles, 20 de febrero de 2008 - 04:00 h.
  • ANTONIO PANIAGUA . COLPISA. MADRID

FIDEL Castro, el enemigo acérrimo de Estados Unidos, era hasta hoy el dirigente comunista más antiguo de Occidente. Impetuoso e infatigable, ha permanecido casi medio siglo en el poder, tiempo en el que ha sobrevivido a nueve presidentes de EE UU.

De encarnar el mito de la izquierda revolucionaria, Castro ha pasado a ser un hombre obsesionado en garantizar la supervivencia política de un régimen en crisis.

Tirano para unos, héroe de oprimidos para otros, personifica la obstinación en plantar cara al vecino del norte. Este barbudo que se alzó en armas contra el régimen de Batista suponía un raro anacronismo para Washington, era el recordatorio permanente de que a sólo 144 kilómetros de sus playas un pequeño país comunista sobrevivía a la caída del muro de Berlín.

Hijo del matrimonio formado por Lina Ruz y el inmigrante gallego Ángel Castro, que hizo fortuna a la sombra de las multinacionales norteamericanas, Fidel Castro encarnó durante décadas la utopía de la izquierda revolucionaria.

Acaparaba en su persona todo el Estado cubano. No en vano, acumulaba los cargos de presidente de los consejos de Estado y de Ministros, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y primer secretario del Partido Comunista.

La firmeza de su carácter se forjó en los colegios jesuitas. La vocación política y aventurera del joven Fidel se reveló pronto, cuando con tan sólo 22 años participó en la frustrada expedición que pretendía expulsar del poder al dictador dominicano Rafael Trujillo.

Contra Batista

Abanderó la lucha contra el régimen de Fulgencio Batista, que había convertido a Cuba en un casino donde corría el dinero de la mafia y la prostitución.

Tras un breve periodo en la cárcel, de la que salió gracias a una amnistía, Castro se exilió en México, desde donde preparó una expedición para regresar a Cuba.

A bordo del yate Granma, 82 hombres desembarcaron en la isla y unos pocos de ellos se adentraron en Sierra Maestra. Allí emprendieron la lucha guerrillera contra Batista, a quien lograron derrocar el 1 de enero de 1959. Una semana después, Fidel y Ernesto "Che" Guevara se paseaban triunfantes por la calles de La Habana.

Al principio, Castro se mostró al mundo como un líder guerrillero que preconizaba la justicia social sin abrazar el marxismo. Sin embargo, sus reformas y el programa de nacionalizaciones no sólo concitaron recelos en Washington, sino que también causaron un agujero en el bolsillo americano. No en balde, Estados Unidos perdió entre 1959 y 1960 bienes valorados en 5.100 millones de dólares.

La isla era ya un escenario de la guerra fría cuando un grupo de exiliados, apoyados por la CIA, invadió Cuba en abril de 1961 en la Bahía de Cochinos. La operación patrocinada por EE UU resultó un fiasco y una derrota humillante para Washington.

La crisis de los misiles

Al año siguiente, Castro puso al mundo al borde de una guerra nuclear al autorizar la construcción en suelo cubano de bases militares con capacidad para albergar misiles soviéticos.

Durante treces días, John F. Kennedy y Nikita Krushchev mantuvieron a la comunidad internacional en vilo, hasta que la URSS dio su brazo a torcer y desistió de instalar armas nucleares en Cuba.

Tras la desintegración del bloque socialista a comienzos de la década de 1990, el comandante en jefe llevó a la práctica su lema, "socialismo o muerte", y mantuvo a raya las voces que clamaban por una apertura aplicando toda su tiranía al margen de los derechos humanos.

Un halo de misterio rodea su vida privada. Casado en 1948 con Mirta Díaz-Balart, con quien tuvo un hijo, mantuvo una relación con Naty Revuelta, unión de la que nació Alina Fernández. Sin embargo, la mujer con la que más tiempo ha convivido es Dalia Soto del Valle, a quien conoció en 1961 durante una campaña de alfabetización. Con ella tuvo cinco hijos.

Pese a ser un buen orador, llegaba a agotar al auditorio con discursos interminables. El récord los tiene en 7 horas y 10 minutos.


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