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REPORTAJE

La "batalla" de las bolas de nieve por la Ciudadela (16-II-1808)

- Los libros de Historia destacan la fecha del 2 de mayo de 1808 como la del comienzo de la Guerra de la Independencia, pero el primer acto hostil francés ocurrió en Pamplona.

TEXTO: GERMÁN ULZURRUN GRÁFICOS: ALBERTO ERRO FOTOGRAFÍAS: JAVIERSESMA Domingo, 3 de febrero de 2008 - 04:00 h.

Los granaderos franceses la tomaron al asalto sin disparar

Fue un conflicto bélico que duró hasta 1814, en el que el Ejército regular español quedó en manifiesta inferioridad técnica y organizativa frente al francés. Ello dio paso a un nuevo modo de combate protagonizado por paisanos armados y descrito como‘guerra de guerrillas’.La presencia de soldados franceses en España era consecuencia del Tratado de Fontainebleau (27-X-1807), que establecía la invasión y reparto de Portugal, aliado de Inglaterra, la potencia rival de Francia y España.

Estos fueron los antecedentes en Navarra de la guerra, con la entrada francesa en Pamplona y la toma por sorpresa de la Ciudadela.

Alojados en Roncesvalles

Un desapacible 5 de febrero de 1808 se presentó ante el cabildo de Roncesvalles un oficial de enlace francés. Advirtió de la llegada al día siguiente de un contingente militar y pidió que se hicieran los preparativos para alojar a 2.000 soldados que cruzarían los Pirineos. El general D’Armagnac, jefe de las tropas que se iban a acantonar en Pamplona, había tomado para la marcha dos decisiones: dejar atrás vituallas y parque artillero a buen recaudo, por causa de la nieve y el mal estado de los caminos, y evitar el paso de sus hombres por la hondonada de Valcarlos, la rutamás practicable en aquellas circunstancias. A los cuatro batallones, la mitad de ellos soldados suizos, les conduciría por los puertos de Cize, la ruta legendaria del Camino de Santiago ya recogida por Aymeric Picaud en el Codex Calixtinus.

La marcha iba a obligar a un severo esfuerzo a la tropa, ya que parte desde San Juan de Pie de Puerto, a 200 metros de altitud sobre el nivel del mar, y el paso por los collados de Bentartea y Lepoeder supone ascender hasta los 1.430 en un recorrido de 21 kilómetros antes de la bajada hacia Roncesvalles. D’Armagnac no estaba dispuesto a verse sorprendido en un terreno fácil para la emboscada como es el curso del río Nive.

Tras la jornada, cansados y ateridos, los soldados imperiales suspiraron aliviados cuando el 6 de febrero se vieron a cobijo en Roncesvalles. Los oficiales fueron alojados en las casas de los canónigos y el general lo hizo en la Prioral.

La entrada en Pamplona

Para llegar a la capital navarra les esperaban otras dos etapas propias del Camino de Santiago: Roncesvalles-Zubiri-Pamplona. Aunque el tiempo continuó invernal los caminos navarros estaban más transitables. En la mañana del 9 de febrero divisaban, por fin, la silueta de la catedral de Pamplona erguida sobre la muralla y de la que destacaban sus dos nuevas torres neoclásicas, recién construidas.

La entrada de la gran formación tuvo lugar por el Portal de San Nicolás, que tras el derribo de las murallas sería reedificado en la calle El Bosquecillo y actualmente adorna la entrada a los jardines de la Taconera, frente al monumento a Gayarre. Hace dos siglos estaba situado en lo que ahora es el cruce de la avenida de San Ignacio con Cortes de Navarra, junto a los cines Carlos III. Aquel día el paso de la tropa se acompañó con marcial redoble de tambores para solemnizar el acto.

El desfile despertó la curiosidad multitudinaria de los pamploneses, que se agolparon en la plaza del Castillo para admirar la parada militar de 2.500 soldados, que alinearon sus bayonetas en tanto que D’Armagnac les revistaba a caballo. Al contingente que cruzó los Pirineos se habían unido otros 500 hombres que estaban con anterioridad en Navarra. En días posteriores la tropa francesa acuartelada Pamplona se incrementó hasta llegar a los 4.000 combatientes.

Antes de que los soldados de D’Armagnac cruzaran los Pirineos ya había asentada presencia militar francesa en Navarra. José Mª Iribarren en su “Espoz y Mina. El guerrillero” señala el alojamiento previo de 1.000 infantes y 1.200 caballos en LosArcos y Viana.

La capital en 1808

Pamplona tenía una población de 14.000 habitantes de un total de 226.000 navarros. A finales del XVIII había instalado alumbrado público mediante farolas de aceite en sus principales calles, que tenían pavimento empedrado. Contaba con alcantarillado y traída de aguas desde el manantial de Subiza gracias al acueducto de Noáin. El servicio religioso lo proporcionaban las parroquias de San Saturnino, San Nicolás, San Lorenzo y San Juan Bautista. En su trazado urbano había nueve conventos, sin contar los asentados extramuros, un teatro en la calle Comedias y seis fuentes monumentales. A la caída de la tarde cerraba las seis puertas de su perímetro amurallado, del que la parte más notable era la Ciudadela, fortaleza anexa mandada edificar por Felipe II en el año 1571 a imitación de la de Amberes.

Órdenes secretas vía Murat

En cuanto D’Armagnac tomó el pulso a Pamplona pudo constatar que flotaba un ambiente de recelo e incipiente hostilidad. Lejos de las intrigas en la Corte de Madrid algunos navarros desconfiaban de las verdaderas intenciones de Napoleón. El día 10 un soldado francés moría acuchillado en la calle tras una disputa y el general informó a París que la ciudad recelaba de su presencia, que “sólo faltaría una chispa para incendiar Navarra”.

Ese mismo día D’Armagnac se entrevistó con el virrey José de Gregorio y Mauro, marqués de Vallesantoro, la máxima autoridad política y militar de Navarra. Había recibido por mediación de el mariscal Joaquín Murat, gran duque de Berg y cuñado de Napoleón, órdenes precisas y secretas para apoderarse de la Ciudadela.

De modo que D’Armagnac planteó a Vallesantoro su interés, en aras a la seguridad y mejor convivencia entre tropa y paisanos, en acuartelar a dos batallones de suizos, de los que alegó no tener plena confianza, dentro de la Ciudadela. El recinto militar contaba con una guarnición de 300 soldados españoles denominados Voluntarios de Tarragona, muchos de ellos con severas limitaciones físicas y sin aptitudes para el combate.La fortaleza disponía en su interior, en previsión de un asedio, de molino capaz de ser movido por fuerza animal y de un gran horno donde cocer. Además se empleaba como cárcel para condenados por delitos comunes.

Vallesantoro, prudente, le dio largas en la entrevista sin comprometerse, pretextando requerir instrucciones precisas de Madrid.

El asalto de la Ciudadela

D’Armagnac se alojaba en la residencia propiedad de Fausto María de Elío Aguirre, quinto marqués de Vesolla (término originario de Ibargoiti), que se levanta entre lo que hoy es el Rincón de la Aduana y la calle Nueva, llamada ya así entonces por haberse construido sobre el relleno del foso que separó dos de los burgos de Pamplona, y cuya fachada forma el chaflán. Era el alojamientode rango aristocrático más cercano posible a la puerta principal de la Ciudadela.

El general dispuso que el oficial Robert, de su confianza y que se acomodaba en casa del conde de Guenduláin, acudiera con un grupo de soldados desarmados para recibir las raciones de pan acordadas. La agudeza de Robert le permitió trazar un plan basado en la sorpresa y rapidez de ejecución. Lo ideal sería que hiciese frío para que los centinelas españoles lo acusaran y permanecieran incómodos en sus garitas, mientras el resto del cuerpo de guardia se resguardaba agrupado al calor de la fogata.

Así, la noche del 15 al 16 de febrero, D’Armagnac introdujo sigilosamente en su residencia a un centenar de granaderos, soldados de choque especialmente escogidos y diestros en la lucha cuerpo a cuerpo. Tuvieron la suerte de que esa noche cuajó la nevada en Pamplona. Por la mañana se presentaron frente a la puerta principal de la Ciudadela para recibir el pan recién cocido. Eran 60, al mando del oficial Robert y escondían armas bajo sus capotes. Se acercaron como de costumbre a la entrada mientras que otro grupo de franceses, algo más lejano, comenzó a jugar lanzándose bolazos de nieve y provocando carreras. Algunos hombres junto a Robert simularon no estar interesados en la diversión de sus compañeros y se apartaron, colocándose encima del puente levadizo para impedir su alzado. A una señal se abalanzaron sobre los incautos centinelas españoles y les desarmaron. Sin dejarles reponerse de la sorpresa, los granaderos se dirigieron a paso de carga hacia la puerta. Un grupo lo hizo desde el palacio del marqués de Vesolla y otro desde el cuartel del San Martín,que estaba ubicado en lo que hoy es el extremo del Paseo de Sarasate.

Rápidamente se apoderaron del armero con sus 10.000 fusiles y redujeron a la guarnición española.

La Ciudadela había caído en manos francesas sin disparar un solo tiro. Se acababa de consumar el primer acto de hostilidad francés.

“Una muestra de amistad”

A las pocas horas del asalto D’Armagnac ordenó fijar un bando por la calles que decía textualmente: “Habitantes de Pamplona: en la pequeña mudanza de las cosas no veáis la traición y la perfidia que receláis, sino una conducta fiel, dictada por la necesidad y seguridad de mis tropas. Napoleón, mi amo, que ha firmado la alianza más estrecha con España, saldrá garante de mi palabra”, en tanto que instó al Ayuntamiento y a la Diputación a que consideraran su actuación comouna“ muestra de amistad”.

La reacción pamplonesa fue de rechazo.La gente se echó a las calles e inicialmente D’Armagnac consiguió disolver a los manifestantes a punta de bayoneta, pero paisanos venidos desde pueblos de la Cuenca se sumaron dentro de la ciudad a los descontentos. El general dio orden de encerrarse con todas sus tropas dentro de la Ciudadela hasta que amainara el enfado.

El día 18 el Consejo de Castilla cursó instrucciones a Vallesantoro para que mantuviera fuera a los franceses. Demasiado tarde.

D’Armagnac era consciente de que sus métodos engañosos le habían ganado la animadversión de Navarra. Escribió a Bonaparte declarando preferir un estado de guerra abierta a la situación en la que se encontraba y expresó su disgusto por la “vil” misión que le había correspondido efectuar. Así se convirtió en un personaje prescindible, dado que no dejó de escribir informes desalentadores sobre la situación en Pamplona y de reclamar más tropas. El emperador decidió relevarle por el general D’Agoult, quien en su mandato deportó a Francia a Vallesantoro.

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